
Cuentos para dormir
La cabra golosa
Un granjero tenía una cabra que era golosa a más no poder. Un día, la granjera la llevó a pastar. Cuando volvieron a casa, el granjero le preguntó a la cabra:
—A ver, cabrita, ¿has comido bien?
—¿Comido? ¡Qué voy a comer! La granjera se sentó conmigo en una linde seca y yo no probé bocado. Tengo hambre.
El granjero fue a buscar a su mujer y le echó una buena regañina por no haber dejado comer a la cabra.
Al día siguiente fue la hija con la cabra y la llevó al prado más jugoso de todos, para que no volviera a quejarse de hambre. Por la tarde llegaron juntas a casa y el granjero preguntó: —Bueno, cabrita, ¿y hoy qué tal has comido?
—¿Comido? Menos que ayer. La niña se puso a jugar y yo me quedé en la linde seca. Tengo todavía más hambre.
El granjero fue y regañó a su hija todavía más que a su mujer.
Al tercer día, el granjero tomó él mismo a la cabra y la llevó al mejor pasto que conocía, para que se diera un buen festín. Cuando volvió con ella a casa, le dijo: —¿Qué tal, cabrita? ¿Hoy por fin te has hartado de comer?
—¡Qué me voy a hartar! Tampoco tú me has dado ninguna golosina. Tengo hambre.
—¡Ay, tragona sin fondo! Conque esas tenemos. Espera, que ya te daré yo golosinas —se enfadó el granjero. Agarró un palo y quiso darle un buen escarmiento. La cabra se defendió tanto que solo le peló medio lomo, y luego la echó de la granja para que no le hiciera enfadar más. La cabra, medio pelada, corrió al bosque y se escondió en la madriguera de una zorra.
La zorra volvió pronto a casa y se llevó un susto tremendo, porque dentro había un animal muy raro que no había visto nunca. Con tanta oscuridad, no reconoció a la cabra.
—¿Quién está en mi dormitorio? —gritó hacia dentro.
—Soy yo, la cabra cornuda, medio pelada. No dejo entrar a nadie, ¡al que entre, lo embisto! —contestó la cabra.
La zorra se asustó de aquella voz y reculó. Se sentó, muy triste, cerca del agujero y se puso a pensar en lo que le había pasado. En eso vio delante de ella a una tijereta que escarbaba en la tierra y, de mal humor, la apartó de un zarpazo.
—¡No te enfades conmigo ni me eches de aquí, que a lo mejor puedo ayudarte con tu disgusto! —dijo el bichito.
—Si yo misma no sé qué hacer, ¿cómo vas a ayudarme tú, pobre bichejo? —refunfuñó la zorra.
—Ya sé que te disgusta ese animal que tienes en la cueva y que no sabes cómo sacarlo. Pues mira, yo entraré en la cueva y verás qué pronto sale.
La tijereta entró en el agujero, se metió en la oreja de la cabra y le dio un pellizco. La cabra salió de la madriguera a toda prisa. Solo entonces vio la zorra que no era más que una cabra corriente, y le dio un buen escarmiento.
Si la cabra no hubiera sido tan caprichosa, habría podido pastar tranquila en casa del granjero para siempre. Y así, toda magullada, tuvo que conformarse con cardos y hierba dura a la orilla del bosque.
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