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Dani, el burrito granjero – cuento infantil

Cuentos para dormir

Dani, el burrito granjero

Dominika J.12 de julio de 20264 min de lectura

Érase una vez un burrito que se llamaba Dani. Vivía en una pequeña granja llena de sol, donde tenía un trabajo muy importante. Igual que los demás animalitos, él también ayudaba en las tareas al viejo granjero.

Igual que el perrito Manchitas ayudaba al granjero con las ovejitas traviesas, el burrito ayudaba en todo lo que podía. Y su trabajo era de verdad muy importante. Cada día le llevaba al granjero paja o leña de un sitio a otro. El burrito Dani era muy fuerte y podía llevar la carga adonde el granjero la necesitara. El viejo granjero estaba contento de que el burrito le ayudara y llevara las cosas pesadas por él. Era apañado y trabajador. Al burrito le gustaba ayudar, eso sí, pero no le gustaba nada hacer caminos largos. Fuerza tenía de sobra, pero a sus patitas no les apetecía andar tanto, y por eso en los caminos largos siempre refunfuñaba.

Una mañana, el burrito Dani y el granjero salieron hacia el mercado de la comarca, que estaba bastante más lejos que el camino de siempre al pueblo. Y ese camino tan largo al burrito no le gustaba nada, porque siempre acababa con las patitas muy doloridas.

—¿Por qué tenemos que ir tan lejos? —refunfuñaba el burrito entre dientes, mientras caminaba por el sendero polvoriento con unos cestos llenos de verdura a la espalda. De verdad que no le gustaban los caminos largos. El granjero iba detrás, despacito, apoyándose en su bastón.

—¡Hoy voy a acortar un poco el camino, veo un atajo! —se dijo Dani muy decidido, y se metió por un caminito lateral. Para su sorpresa, el granjero lo siguió. El camino no tenía polvo y, a primera vista, parecía de verdad más corto hasta el mercado. Pero mientras el burrito avanzaba con la verdura tan pesada en los cestos, empezaron a aparecerle obstáculos debajo de los cascos. Piedrecitas pequeñas y grandes se le clavaban en los cascos, y unas hierbas llenas de pinchos lo rodeaban por todas partes. Hasta el viejo granjero tenía que apoyarse no solo en su bastón, sino también en el burrito, todo lo que podía, para no caerse. Al burrito también le costaba mantener el equilibrio con los cestos llenos de verdura, que se bamboleaban de un lado a otro.

—Querías acortar el camino, amigo, pero no te lo has puesto nada fácil. Mira, a veces es mejor ir por el camino seguro, el que conocemos, aunque sea más largo —le dijo el granjero con mucha sabiduría cuando por fin llegaron al mercado, muertos de cansancio. El burrito Dani se dio cuenta de que no se lo había puesto más fácil y de que el viejo granjero tenía razón. Al día siguiente, cuando volvieron a salir con el granjero a vender la cosecha en el mercado, el burrito fue por el camino largo y polvoriento sin refunfuñar. Ni se acordó de sus patitas doloridas. Estaba contento de que no le pincharan las hierbas ni las piedrecitas.

Desde entonces, el burrito nunca olvidó que el camino más corto, aunque a primera vista parezca el mejor, no siempre lo es.

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