Érase una vez un niño al que le gustaba dibujar más que nada en el mundo. Se llamaba Tomás y tenía toda la habitación llena de papeles, rotuladores, lápices de colores, acuarelas, ceras, rotuladores para pintar piedras y un montón de pinturas más.
Tomás hacía dibujos muy bonitos con aquellas pinturas, y después se los regalaba a sus padres y a sus familiares, los ponía en la nevera y en el tablón, y seguía pintando sin parar. Y eso estaba muy bien, pero a Tomás pronto dejó de hacerle gracia dibujar en papeles y empezó a buscar algo diferente donde pudiera pintar sus dibujos.

Una vez vio en la televisión a un pintor que estaba pintando un cuadro en la pared. ¡Esa sí que era una buena idea! Tomás tuvo que probarlo enseguida. En la pared se pintaba de maravilla. Sobre todo las ceras se deslizaban estupendamente por la pared lisa. Dibujó un árbol en un momento, y debajo puso un elefante, una jirafa y hasta otro coche. Luego añadió varias florecitas, pero cuando quiso poner también un gatito, se quedó sin sitio.
«No importa, dibujaré un gatito en la puerta», se dijo Tomás, y eso fue exactamente lo que hizo. Luego siguió desde su cuartito al pasillo, al salón y a la cocina. De vez en cuando añadió también algo en el suelo.
Cuando mamá y papá vieron aquello, casi se desmayaron.
«Tomás, en las paredes y en el suelo no se pinta», se lamentaba mamá.
«Tendremos que volver a pintar y fregar bien el suelo. Así parecería un circo», se enfadaba papá.
«Tomás, dibujas muy bien, pero dibuja solo en los cuadernos y en hojas de papel», decía mamá.
Tomás asintió como si lo entendiera y se fue otra vez a dibujar. Cuando se le acabaron los cuadernos, empezó a garabatear en los libros. Y entonces descubrió que en los libros y las revistas había dibujos que podía mejorar. Por ejemplo, en una revista salía un señor al que le dibujó unas gafas, le convirtió la nariz en un hocico de cerdo y le pintó llamas en el sombrero, como si se le estuviera quemando. En otro libro, en cambio, le dibujó a un bebé dientes de vampiro y, con color marrón, le pintó manchas de suciedad en las mantitas.
Por más que los padres de Tomás le explicaban que hay sitios donde de verdad no se dibuja, por ejemplo, en los libros. Tomás siempre asentía, pero seguía dibujando donde se le antojaba.
Pero fue todavía peor cuando empezó a ir a la escuela. Dibujaba en el cuaderno de caligrafía, en el silabario e incluso en la pizarra cuando la maestra le hacía salir. Llevaba a casa notas diciendo que destrozaba los libros de texto y que en clase no hacía más que dibujar. ¡Una vez incluso dibujó en el pupitre!
Seguramente la cosa habría ido todavía a peor, de no ser porque un día de verano la familia de Tomás se fue de excursión al estanque. Tomás se llevó un rotulador negro, porque en cualquier parte siempre hay algún sitio donde se puede dibujar algo. Junto al estanque, mamá extendió la manta, infló el flotador y fue a comprobar lo templada que estaba el agua. Mientras tanto, Tomás miraba a su alrededor, pensando en dónde podría dibujar un cerdito. En la manta no, en el flotador tampoco, porque se borraría… ¿Y si lo dibujaba en un árbol? Lo intentó, pero el rotulador no pintaba muy bien sobre la corteza. Entonces vio, a un poquito de distancia, a un abuelo durmiendo tumbado en una tumbona a la sombra, en bañador.
Tomás se acercó muy, muy despacito al abuelo dormido y le dibujó un cerdito en la barriga, de manera que su ombligo hacía de una de las fosas nasales del animalito. La otra se la dibujó al lado. El abuelo se removió al notar unas cosquillitas. Seguramente pensó que era una mosca que le estaba incordiando. Tomás salió corriendo hasta ponerse a salvo en su manta y se quedó mirando cómo el abuelo se incorporaba y contemplaba su barriga toda pintarrajeada.
«¿Qué es esto? ¿Por qué tengo un cerdo en la barriga?», se sorprendió el abuelo.
Tomás solo se aguantaba la risa; no se atrevía a reírse en voz alta.
Pero el abuelo ya se olía que por allí andaba correteando algún travieso con un rotulador.
«Hago magia y lanzo un hechizo: que quien haya dibujado este cerdo tenga el mismo hocico de cerdo que tengo yo en la barriga».
Tomás se quedó helado. ¡No iría a haber garabateado al abuelo mago! Rápidamente se tocó la nariz. Su pequeña nariz había desaparecido. En su lugar tenía un hocico de cerdo. Corrió a mirarse en el agua para ver su reflejo. En ese momento, se echó a llorar.
«¿Pero por qué hice eso? ¿Por qué no me llevé los papeles? «Nunca más volveré a dibujar donde no se debe», se lamentaba, muy arrepentido. «Así todos se reirán de mí. ¡Si parezco un cerdo!».
No pasó mucho tiempo y el abuelo, que lo había oído todo, se fue a bañar al estanque. En cuanto se sumergió, se le borró el cerdo de la barriga. Menos mal que Tomás no cogió el rotulador permanente, porque ese no se habría quitado tan fácilmente. Así se le quitó la pintura al cerdito en un santiamén. Y en ese mismo instante, a Tomás le desapareció el hocico de cerdito.
Tomás miró enseguida al agua para asegurarse de que ya tenía la nariz otra vez como antes. Qué alivio sintió. Aquel día ya no pintó nada más. Se bañó con mamá y papá en el estanque, jugó a las cartas sobre la manta y por la noche se quedó dormido en cuanto mamá cerró el libro de cuentos de buenas noches.
Pero no dejó de pintar del todo. Eso sí, cumplió su promesa. Ya solo pintaba en papeles y en los sitios donde tenía permiso. Nunca volvió a pintar a nadie ni a añadirle nada a nadie. Temía que pudiera pasarle otra vez.
¿Y vosotros, queridos niños? ¿También os gusta dibujar? Entonces dibujad solo en los sitios destinados para eso. Y nunca le dibujéis nada a nadie. Si no, también podríais acabar como Tomás.
¡Buenas noches!