
Cuentos para dormir
Mamá herrerillo se pone malita
Había una vez una mamá herrerillo llamada Julita, y en una casita de pájaros a la orilla del bosque le nacieron cuatro pajaritos preciosos. Era una casita bonita y bien hecha, y Julita había pasado muchos días construyendo el nido dentro: traía briznas de hierba y hojitas de musgo de todo el bosque y las entretejía con cuidado hasta hacer un nidito blandito. Luego puso los huevos y les dio calor hasta que salieron cuatro pajaritos sin plumas e indefensos. ¡Y cuidar de unos pajaritos tan pequeños no es ninguna broma! Julita tenía que volar a cada rato a buscarles gusanos, darles de comer, cantarles canciones de buenas noches, vigilar que no se acercaran extraños y mullirles el nido para que estuvieran cómodos y nada les pinchara. Vamos, que cuidar de cuatro pajaritos es un trabajo muy duro. Pero Julita era muy trabajadora, y los pajaritos crecían, se hacían fuertes y estaban estupendos.
Un día, cuando los pajaritos ya estaban bastante grandes, Julita llegó con otra tanda de gusanos, les dio de comer a todos, se sentó con ellos en el nido, los llamó a su lado y les dijo:
—Ya sois todos mayores, así que ha llegado la hora de que aprendáis a volar.
—¡Pero mamá, me da miedo! —pió el primer pajarito.
—Y yo no quiero ir a ningún sitio —pió el segundo.
—Y a mí me da mucho miedo —pió el tercero. Y el cuarto prefirió no decir nada.
—No tengáis miedo, os lo explicaré y os lo enseñaré todo —dijo mamá Julita. Y así empezaron a aprender a volar. Al principio no les salía nada bien: se caían al suelo, tropezaban y agitaban las alitas sin conseguir nada. Pero Julita tenía mucha paciencia y les explicaba una y otra vez cómo mover las alitas, y les volvía a enseñar cómo se hacía.
Les costó mucho, pero poco a poco los pajaritos empezaron a mejorar. Todavía no volaban tan lejos como mamá, pero ya lo hacían mucho mejor. Y entonces, un día, llegó una tormenta, con lluvia y un viento muy fuerte. Retumbaban los truenos, brillaban los relámpagos y llovía a cántaros. Los pajaritos corrieron a esconderse en el nido de la casita para que el viento no les hiciera daño, pero Julita estaba muy lejos. Tuvo que pasar la tormenta escondida bajo una hoja, allá abajo en el suelo, y cuando por fin pasó, estaba helada y empapada. A la mañana siguiente, cuando por fin mejoró el tiempo, volvió volando a la casita y, con sus últimas fuerzas, se tumbó en el nido.
—Mamá, ¿qué te ha pasado? —preguntaron los pajaritos.
—Me he enfriado en la tormenta y ahora estoy malita —dijo su mamá. Estaba tan débil que solo podía susurrar.
—¡Pues nosotros te cuidaremos! —decidieron los pajaritos, y se pusieron manos a la obra enseguida. Uno le preparó a mamá un paño fresquito para la frente, otro fue volando a buscarle gusanos frescos para merendar, el tercero le hizo una infusión calentita y el cuarto le cantó canciones, igual que ella hacía con ellos cada noche antes de dormir. Así la cuidaron los pajaritos durante varios días, hasta que mamá se puso mejor.
—Muchas gracias —les sonrió Julita a sus pajaritos—. Sin vosotros no habría podido con esta enfermedad.
—Tú nos has enseñado todo lo que sabemos, mamá —le contestaron los pajaritos—. Siempre te cuidaremos cuando estés malita. —Y todos se quedaron muy contentos de saber que siempre podían contar los unos con los otros. Para eso están la familia y los amigos, ¿verdad?
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