
Cuentos para dormir
La cebrita
En África vivía una cebrita pequeña. Era muy alegre, quería mucho a su mamá y le encantaba pasarlo bien con sus amigos. Pero un día, el leoncito se rio de la cebrita.
—¡Ja, si solo eres blanca y negra! ¡Ni siquiera sabes si tienes las rayas negras o blancas! —El leoncito fue muy malo con la cebrita. Ella se fue corriendo y llorando. ¡Estaba decidida a cambiar de color, y así todos le tendrían envidia! El único problema era que la cebrita no sabía cómo cambiar de color. ¡Por eso decidió experimentar!
Probó a revolcarse entre flores de colores, pero no funcionó. Tampoco funcionó una poción mágica que preparó siguiendo un libro antiquísimo. Ni siquiera las plumas de colores de los loros la volvieron más colorida.
Y la cebrita se puso tristísima por no haberlo conseguido. Iba arrastrando las patas por la sabana, con la cabecita gacha y llorando bajito, cuando de repente, ¡apareció delante de ella un arcoíris!
La cebrita se quedó maravillada. En ese momento se le olvidaron todas las penas, ¡y supo que, si quería tener colores, tenía que atravesar el arcoíris!
Respiró hondo, cerró los ojos y dio un paso adelante. Un paso, otro paso… ¡Atravesó el arcoíris! Se miró muy emocionada, pero se llevó un chasco. Ni siquiera el arcoíris la había vuelto más colorida.
Muy triste, la cebrita se fue a casa y se lo contó a su mamá. —Pero, cebrita mía, eres preciosa tal como eres. No te hace falta tener colores —la consoló mamá cebra—. ¿Has visto algún animalito como nosotras? Por aquí nadie más es blanco y negro. Eres única, cariño, y no tienes que cambiar porque alguien sea malo contigo. Sé tú misma. Así no solo eres la más bonita, sino también la más feliz —la tranquilizó su mamá, y la cebrita tuvo que darle la razón. Al fin y al cabo, las mamás siempre tienen razón.
Al día siguiente fue a ver a sus amigos. Esta vez el leoncito no se burló de ella por ser solo blanca y negra. Todos estaban demasiado ocupados escuchando la historia llena de aventuras que había vivido el día anterior.
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