
Cuentos para dormir
La sirenita
Érase una vez, en lo más hondo del océano, donde el agua era clarísima y muy azul, un rey que gobernaba el mundo submarino y a su pueblo.
En aquel mundo bajo el mar crecían árboles preciosos y flores de mil colores. También vivían allí animales muy bonitos y peces de todas clases. Y el pueblo del mar vivía en paz.
El rey del mar vivía en su palacio con su madre y sus cuatro hijas. Las paredes del palacio eran de coral azul, y las conchas del tejado se abrían cada vez que pasaba el agua a su lado.
Las princesitas eran muy guapas, pero la más guapa de todas era la pequeña. Se llamaba Perla y era una sirenita. Tenía la piel suave y unos ojos tan azules como el fondo del mar. Y como era una sirena, en lugar de piernas tenía una preciosa cola de pez.
Cuando jugaba, a Perla le gustaba nadar hasta los barcos hundidos en el fondo del mar. Entre los restos encontraba un montón de tesoros del mundo de la superficie: tenedores de plata, espejos, peines de oro…
La sirenita empezó a guardar todos esos tesoros en su cofrecito, y fue haciendo una colección. Cada día tenía más curiosidad y más ganas de saber cosas del mundo de arriba. Quería subir a la superficie, pero su padre no se lo dejaba, ni a ella ni a ninguna de sus hermanas, hasta que cumplieran quince años.
¡A la sirenita aquello le parecía una eternidad, porque era la más pequeña! Así que le pedía a su abuela que le contara cuentos sobre la superficie, y así por lo menos soñaba con ella. Al poco tiempo, todas sus hermanas cumplieron quince años y pudieron subir a la superficie.
Cada vez que volvían, le contaban a la sirenita las maravillas que habían visto arriba, ¡y le hablaban de los humanos! Cuando por fin le llegó el turno a Perla, estaba nerviosísima y no podía esperar más.
Subió a la superficie y vio que por allí pasaba un barco. Se acercó enseguida a verlo, pero la tripulación estaba en apuros. Llovía a cántaros y el barco se balanceaba y daba bandazos de un lado a otro. Perla vio a un joven muy guapo que intentaba ayudar a todo el mundo en el barco.
Aquel joven hacía todo lo posible para que el barco no se hundiera. Los marineros lo llamaban «príncipe». ¡Y de pronto el barco empezó a volcar y el joven príncipe se cayó al mar!
Perla se sumergió rápidamente y agarró al príncipe. Nadó hacia la superficie lo más rápido que pudo, porque sabía que los humanos no pueden vivir bajo el agua. Dejó al príncipe en la arena seca de la playa y le habló para que se despertara.
En ese momento el príncipe tosió y se despertó. Perla se escondió enseguida detrás de una roca. ¡No podía verla con su cola de sirena! Aunque así, él nunca sabría que ella le había salvado la vida.
Perla se puso triste y volvió nadando a casa. Sus hermanas le preguntaron por sus aventuras, pero estaba tan triste que no tenía ganas de hablar. ¡Ojalá fuera humana!
Al día siguiente, Perla subió a la superficie con la esperanza de volver a ver al príncipe. Y tuvo suerte: el príncipe paseaba por la playa con su perro. Lo estuvo mirando un rato y luego volvió a bajar a las profundidades. Se dio cuenta de que se había enamorado del príncipe, pero aun así no podía estar con él.
La bruja del mar la vio y le preguntó por qué estaba tan triste. Perla le contó que quería convertirse en humana para poder estar con el príncipe.
La bruja le dijo que la convertiría en humana, pero solo si a cambio le daba su preciosa voz. Y si el príncipe no la besaba en tres días, la sirenita tendría que ser su esclava. Perla aceptó las dos condiciones sin pensárselo. La bruja hizo un hechizo y guardó la voz de Perla en una concha de su collar mágico. Después le dio piernas a la sirenita, y las anguilas la llevaron a la superficie, cerca de la playa.
En la playa la encontró enseguida el príncipe, que andaba con su perro buscando a la mujer que lo había salvado. No sabía cómo era, pero se acordaba de la voz tan bonita con la que había intentado despertarlo. Cuando encontró a Perla, pensó que sería una princesa que también había naufragado allí durante la tormenta. Y como no podía hablar, decidió cuidar de ella.
Así que Perla pasaba el tiempo con el príncipe. No podía decirle con palabras lo que sentía, pero el príncipe veía en sus ojos que era dulce y buena. Y enseguida le cogió cariño, aunque no hablaran. Tanto, que decidió dejar de buscar a la mujer que lo había salvado.
Al día siguiente, el príncipe se llevó a Perla a dar un paseo en su barco y casi se besaron. Pero eso puso furiosa a la bruja, porque no quería renunciar a su plan de quedarse con la sirenita como esclava. Aquella noche, con la ayuda de su collar mágico, la bruja se convirtió en una mujer muy guapa. Se acercó al príncipe y le habló con la voz de Perla. El príncipe reconoció enseguida aquella voz tan bonita: ¡era la voz de la mujer que lo había salvado!
Al día siguiente, el príncipe decidió casarse con la bella desconocida. Perla estaba muy triste. No sabía qué hacer ni de dónde había salido aquella mujer. Pero su amiga la gaviota la ayudó a resolver el misterio. La gaviota había oído a Perla cantar en la cubierta del barco y fue volando a verla. Pero la mujer que cantaba con la voz de Perla no era Perla. Así que buscó por el barco a la sirenita para decirle que alguien tenía su voz. Perla comprendió enseguida que aquella mujer misteriosa era la bruja del mar. ¡No podía dejar al príncipe en manos de la bruja!
En el barco se celebraba un banquete en honor de la mujer que había salvado al príncipe y que iba a ser su esposa. Perla llegó corriendo con la gaviota. Intentó avisar al príncipe, pero él no entendía sus gestos nerviosos.
En ese momento, la gaviota entró en acción. Se lanzó contra la bruja, volando a su alrededor, y antes de que nadie pudiera impedirlo, le arrancó el collar del cuello. El collar cayó al suelo y se rompió, y con él se rompió también el hechizo que hacía guapa a la bruja. De la concha rota salió la voz de Perla, que volvió a ella. Y Perla pudo hablarle al príncipe por primera vez.
Le explicó todo lo que había pasado, cómo lo había salvado, y le habló del trato con la bruja. El príncipe besó a Perla. Era justo el tercer día desde que se conocieron. Así se deshizo el trato con la bruja y Perla no tuvo que ser su esclava. La bruja, vencida, se volvió al mar.
Poco después se celebró la boda del príncipe y la sirenita. Su padre, el rey del mar, le regaló a Perla un hechizo como regalo de bodas: podría convertirse en sirena siempre que quisiera e ir a visitar a su familia.
Cuentos clásicos y tradicionales Cuentos con valores Cuentos cortos Cuentos de hadas Cuentos de magia Cuentos de príncipes Cuentos del mar Cuentos para primaria




¿Qué te pareció el cuento?