
Fantasmas dentudos · episodio 2 de 9
Fantasmas Dentudos – 1 de mayo
Hoy era 1 de mayo y, al igual que entre los humanos, entre los fantasmas este día también es fiesta nacional. Cuquito tenía desde primera hora de la mañana una sola preocupación.
—Tengo que ir a esconderme en alguna rama del cerezo en flor para que no me vean.
—¿Por qué? —se extrañó Dientecita—. La costumbre es dar un beso a alguna chica bajo ese cerezo para que sea guapa todo el año y no se marchite.
—No te voy a besar, hermana. Yo estoy planeando asustar, ¿sabes? Como un gran fantasma. Detrás de Fantasmalandia hay un gran cerezo en flor adonde va la gente. Y, como tú dices, se besuquean debajo del árbol. ¡Y yo voy a asustarlos!
—Ay, Cuquito, qué cosas se te ocurren… —dijo Dientecita, poniendo los ojos en blanco.
Cuquito fue a espiar a los enamorados, mientras los demás fantasmas se reunieron en la plaza del pueblo, donde levantaron el mayo. El hermoso tronco de árbol decorado debía proteger a Fantasmalandia de la gente malvada. Las personas lo usan para protegerse de los malos espíritus, pero los fantasmas, desde luego, no les tienen miedo.
—Ahora repartíos en turnos de guardia —ordenó el alcalde—. La ciudad vecina de Miedosillo podría intentar robarnos el mayo. Esto a veces pasa, así que tenemos que defenderlo, si no sería una vergüenza terrible para la ciudad.
—¡Yo haré la guardia! —gritó entusiasmado papi.
—¡Yo también! —añadió el mejor amigo de papi, el duende del agua.
—Muy bien, chicos, tendréis la primera guardia —decidió el alcalde, y luego añadió—: Y cuidado con la gente. Además del 1 de mayo, también celebran la fiesta del trabajo y andan por la calle.
—¿No celebran la fiesta del trabajo trabajando? —se sorprendió Dientecita.
—No, Dientecita, ellos recuerdan el día en que los trabajadores lucharon para mejorar las condiciones en el trabajo. Durante las protestas murieron muchas personas, por eso este día sigue presente en la memoria de la gente —explicó el alcalde.
—Seguramente es para que valoren que hoy en día están tan bien en el trabajo. Aunque siempre se quejan de algo —decía Dientecita.
—¿No quieres vigilar el mayo también con tu padre y el duende del agua, Dientecita?
—No, señor alcalde. Voy a buscar a mi amigo, me debe un beso debajo del cerezo —dijo Dientecita, sonrojándose, y se fue.
Cayó la noche. Fantasmalandia dormía plácidamente. Solo papi y el duende del agua vigilaban valientemente. Al parecer, intentaban ahuyentar a los posibles ladrones con ruidos espeluznantes, pues de debajo del mayo salían extraños ronquidos.
—Maldita sea, duende del agua, despierta —dijo papi, sacudiéndolo al amanecer, mientras este dormía plácidamente bajo el mayo. En realidad, ya no tanto bajo el mayo como a cielo abierto.
—¿Qué pasa, Dentudo, por qué me despiertas? Justo estaba soñando que encerraba el Día de los Difuntos en tarritos.
—¡El mayo, duende del agua! ¡Ha desaparecido!
—¡Por el estanque más sucio! —maldijo el duende del agua y enseguida se puso en pie—. ¿Qué vamos a hacer?
—Seguro que han sido esos tunantes de Miedosillo. Tenemos que recuperarla.
—Pero ya casi está amaneciendo. Cuando volvamos, seguro que alguien se da cuenta de que falta el mayo —dijo el duende del agua. Y era verdad. Un tronco de árbol tan adornado es algo bastante grande. Eso no pasa desapercibido.
—Mientras tanto, pongamos otro —se le ocurrió a papi, y enseguida se puso manos a la obra.
El duende del agua lo observaba con una mirada incrédula. ¿Con esto pretende engañar a alguien? Ha clavado en el suelo un palo largo al que ha atado unas ramitas de manzano. Luego Papi recordó que en el mayo todavía había cintas de colores, así que se quitó los calcetines y los ató a las ramas.
—Precioso —se felicitó después—. Quizá ni tengamos que ir a por el original.
—¿Estás loco? Aquel era como veinte veces más alto. Deberíamos darnos prisa —decía el duende del agua.
Dos fantasmas se lanzaron a través de la oscuridad cada vez más tenue hacia Miedosillo. Se movían rápido y pronto alcanzaron al grupo de cuatro pilluelos que corrían con su mayo por la plaza de Miedosillo. Pero de entre los matorrales saltó papi y mostró sus enormes dientes. Entonces rugió terriblemente. Los pilluelos se detuvieron e intentaron rodearlo, pero allí saltó el duende del agua y murmuraba algo sobre almitas en vasitos. No le importaba en absoluto que por allí no hubiera ningún estanque.
Los traviesos soltaron el árbol de mayo y se echaron a correr. Todavía no eran fantasmas experimentados, así que fue posible asustarlos de ese modo. Papi y el duende del agua no se lo pensaron dos veces, recogieron el árbol de mayo y corrieron de vuelta a Fantasmalandia.
Mientras tanto, en Fantasmalandia, Cuquito pasó junto al árbol de mayo.
—Vaya despiste tengo —se dijo—. Ni siquiera ha llovido y, aun así, ese árbol de mayo se ha encogido como mi jersey cuando mamá lo lavó en la lavadora. Voy a preguntarle si por casualidad lavó también el árbol de mayo.
Y se marchó. Ni se le pasó por la cabeza pensar que el verdadero árbol de mayo no cabría en la lavadora.
Antes de que alguien más se diera cuenta, Papi llegó corriendo con el duende del agua y enseguida volvieron a levantar el mayo. Esta vez el correcto, el alto. Justo a tiempo, porque empezaron a llegar los fantasmas encabezados por el alcalde, para comprobar cómo se habían comportado sus vigilantes.
—Muy bien, chicos, el mayo está en su sitio. Y además hay aquí otro más pequeño hecho con calcetines —rió el alcalde.
—Nos aburríamos tanto que hicimos otro más pequeño —dijo papi, arrancó uno de los calcetines y se secó el sudor de la frente con él.
—Uf, los calcetines de papi. Eso protegerá la ciudad de todo —comentó Cuquito.
—No seas insolente, chico. ¿Y cómo disfrutaste tú el Primero de Mayo? —preguntó papi a su hijito.
—Muy bien —se rió Cuquito—. Asusté a muchas parejas de enamorados. Sobre todo a la que conseguí caerme encima. Esa rama era un poco fina, ¿no?
—¿Cómo? ¿¡Eras tú!? —se enfadó Dientecita—. ¿Qué llevabas en la cabeza?
—Je, je, ¡se asustó! —celebró Cuquito, riéndose casi hasta caerse al suelo.
—Si el 1 de mayo te cayera San Nicolás de un árbol en flor, también te asustarías —replicó Dientecita.
—No conseguí otra máscara —se reía todavía Cuquito.
Y todavía se reía por la noche, cuando ya debía estar dormido. Fue un Primero de Mayo muy divertido.
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