
Cuentos para dormir
El dragón de doce cabezas
Había una vez un campesino muy pobre que tenía un montón de hijos. En la aldea ya no le quedaba nadie a quien pedirle que fuera padrino del más pequeño, que acababa de nacer. Así que decidió sentarse junto al camino y pedírselo al primero que pasara.
No tuvo que esperar mucho: enseguida vio acercarse a un anciano frágil con un abrigo gris. El campesino le preguntó con mucha educación si quería ser el padrino, y el anciano dijo que sí. Como regalo de bautizo, le dio al recién nacido un torito que había nacido el mismo día que el niño y tenía una estrella dorada en la frente.
Con los años, el torito se convirtió en un toro fuerte, y el muchacho, ya mayor, lo llevaba todos los días a pastar. Hacía tiempo que había descubierto que no era un torito cualquiera: ¡sabía hablar! Siempre dejaba que el chico descansara mientras él se iba corriendo a los prados del cielo a pastar estrellitas.
Así pasaron los días, y el muchacho y el torito crecieron juntos hasta que el chico cumplió veinte años. Ese día, el torito le dijo:
—Súbete a mi lomo y vamos a ver al rey. Pídele una espada de hierro de siete pies de largo y dile que vas a liberar a su hija, que la tiene presa el dragón.
Después de tantos años, el chico sabía que los consejos del torito siempre eran buenos. Sin preguntar ni protestar, se subió de un salto al lomo del toro, se agarró a los cuernos y salieron a toda prisa a ver al rey. Cuando llegó ante él, le pidió, tal como le había dicho el torito, una espada de hierro de siete pies de largo. El rey no tenía muchas esperanzas de volver a ver a su hija, pero el muchacho era fuerte y parecía muy decidido, así que mandó al herrero real que le forjara una espada de hierro de nada menos que siete pies.
Hacía años que un dragón de doce cabezas se había llevado a la princesa lejos del reino, y nadie había conseguido llegar hasta ella. A todos les cortaba el paso una cordillera enorme que nadie había logrado cruzar jamás. Detrás de las montañas había un mar inmenso en el que nadie se había atrevido a entrar. Y al otro lado del mar se alzaba un castillo imponente, con las murallas rodeadas de llamas que subían hasta el cielo. Aunque alguien lograra cruzar las montañas y el mar, no podría atravesar las llamas. Y si lo conseguía, el dragón se lo comería de todos modos. Parecía misión imposible.
Pero esta vez la cosa era distinta, porque el muchacho tenía a su toro. Se subió otra vez a su lomo y se fueron hacia las montañas. Cuando se pararon delante de aquella cordillera enorme, al chico le entraron las dudas: ¿cómo iban a cruzarla? Entonces el torito lo bajó al suelo, se dio la vuelta hacia las montañas y corrió hacia ellas a toda velocidad. Con sus enormes cuernos apartó las montañas del camino. El muchacho se volvió a montar en el torito y siguieron hasta llegar al mar inmenso.
—¿Y ahora qué? El mar no lo puedes apartar con los cuernos, y yo no sé cómo vamos a cruzarlo —se lamentó el muchacho. Pero el torito se acercó tan tranquilo al agua, agachó la cabeza y se puso a beber. Bebió y bebió hasta que se bebió el mar entero. Solo quedó la tierra con algún charco aquí y allá.
El muchacho y el torito siguieron adelante y pronto llegaron al castillo rodeado de llamas. Hacía un calor abrasador y el chico le suplicó al toro que se parara. Pero el torito siguió corriendo, aunque ya estaban empapados de sudor de pies a cabeza. Se detuvo justo al borde de las llamas y, en ese momento, escupió sobre ellas toda el agua del mar que se acababa de beber. Así apagó todas las llamas, y se levantó una humareda tan grande que el cielo se quedó completamente negro.
De repente, de entre el humo salió disparado un dragón furioso, directo hacia el chico. El torito le dijo rápidamente que sacara la espada y le demostrara al dragón que no le tenía miedo. El muchacho se plantó firme, agarró la espada con las dos manos y, cuando el dragón ya casi lo alcanzaba, la blandió con tanta fuerza que silbó en el aire como un vendaval. El dragón se asustó, comprendió que no podía con un rival tan fuerte, abrió las alas y se fue volando tan lejos que nunca volvió. Después, el muchacho entró corriendo en el castillo y, en la torre más alta, una torre sin ventanas, encontró a la princesa.
El muchacho y la princesa volvieron al castillo del rey. Y, claro, aquello no podía acabar de otra manera que con una boda, porque el muchacho había salvado a la princesa de las garras del dragón y ella no quería casarse con nadie más.
¿Y el torito mágico? El muchacho ya no necesitaba su ayuda: ahora gobernaba el reino con sabiduría junto a la princesa y juntos criaban a sus hijos. El torito se despidió del muchacho y se fue corriendo al prado del cielo. Y allí sigue pastando feliz hasta que algún día otro muchacho valiente necesite su ayuda para rescatar a una princesa.
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