
Cuentos para dormir
Los tres cerditos
Había una vez tres cerditos que vivían en un prado junto al bosque. Llevaban mucho tiempo allí, retozando felices, y no les faltaba de nada. Hasta que un día el cerdito más pequeño llegó con una mala noticia que le había contado la lechuza sabia, que siempre se enteraba de todo: por allí cerca rondaba un lobo.
Se acabó la vida tranquila y sin preocupaciones: los cerditos tenían que pensar rápido qué hacer. ¡Lo mejor sería construir una casita!
Pero los cerditos no se ponían de acuerdo en cómo hacerla. Al final decidieron que cada uno se construiría la suya y que así cada uno estaría a salvo del lobo en su casa.
El primer cerdito se puso manos a la obra enseguida. Quiso hacerlo todo lo más fácil posible: en un periquete se hizo una casita de paja y se mudó a ella.
El segundo cerdito fue un poco más allá y decidió que su casita sería de madera. «Clavar unas tablas no es tan difícil y la casita quedará estupenda», pensaba. Al día siguiente ya la tenía terminada.
El tercer cerdito le dio muchas vueltas a cómo hacer la suya. ¡Y pensó que lo mejor y lo más seguro era una casa de ladrillo! Así que se puso a trabajar: ladrillo a ladrillo, poco a poco, fue levantando una casa bien fuerte.
Poco después, mientras buscaba algo que comer, el lobo llegó al prado y vio a uno de los cerditos rosados meterse en la casa de paja. Se acercó sin hacer ruido y le pidió al cerdito que le abriera. Pero el cerdito no era tonto, se olía quién llamaba y no abrió. El lobo volvió a intentarlo, pero enseguida se enfadó. Así que llenó los pulmones de aire y sopló con todas sus fuerzas contra la casita. Sopló… y sopló… ¡y la tiró abajo!
El cerdito, muerto de miedo, salió de un salto de entre la paja y corrió como un rayo a la casita de madera del segundo cerdito, donde se refugió con él. Entonces el lobo llamó a la puerta de madera y les exigió que le abrieran. Les prometió que no les haría nada. Pero los cerditos sabían muy bien que el lobo se relamía pensando en ellos y que solo quería engañarlos. El lobo se cansó de intentar convencerlos y volvió a soplar con todas sus fuerzas. Pero la casita de madera ni se movió: soplando no había manera de tirarla. Así que el lobo se echó un poco hacia atrás, cogió carrerilla y se lanzó contra ella con todo su peso. Y la casita cedió y se vino abajo.
Los dos cerditos salieron a toda prisa de entre los escombros y corrieron a casa del tercer cerdito, que acababa de terminarla, con chimenea y todo. Llegaron por los pelos, con el lobo pisándoles los talones, y se refugiaron con su hermano. Nada más cerrar la puerta, el lobo ya estaba arañándola. Intentó engañar a los tres para que salieran, pero ni con palabras dulces lo consiguió. Así que cogió aire y sopló con todas sus fuerzas. La casa no se movió ni un poquito. Se echó hacia atrás, cogió carrerilla y se lanzó contra la pared. Pero lo único que consiguió fue hacerse daño en el hocico; la casa ni se inmutó. Los dos cerditos que se habían quedado sin casa temblaban como hojas, pero el tercero, el más pequeño de los tres, intentaba tranquilizarlos: el lobo no podría entrar, porque la casa era fuerte y segura.
¡Pero el lobo no sería lobo si no estuviera tramando ya algún plan! Decidió trepar por la pared hasta el tejado y colarse en la casa por la chimenea. Mientras trepaba, el tercer cerdito se dio cuenta de lo que quería hacer, así que encendió fuego en la chimenea. Cuando el lobo intentó bajar por ella, se quemó tanto que se le quitaron las ganas de comer cerditos. Aulló de dolor y salió corriendo hacia el bosque todo lo deprisa que pudo. Y nunca más volvió a aparecer por el prado, donde desde entonces los cerditos vivieron tranquilos.
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