—¡Deja esas uñas! —repetía Mamá una y otra vez, pero la pequeña Magdalenita seguía mordisqueando sus deditos.
Sus padres intentaban explicarle, en vano, que le quedarían las uñas feas, que le dolerían los dedos y que se le pondrían como bolitas. Pero Magdalenita seguía mordisqueándose las uñas tan contenta. Cada día era peor y peor, se las mordía casi hasta el final, tanto que casi no le quedaba nada.

Y cuando se le acabaron las uñas de las manos, se puso con las de los pies.
La abuela solía decir que Magdalenita acabaría teniendo las manos y pies de un duende de agua. ¡Ellos también tienen los deditos como bolitas! Esto hacía que Magdalenita se riera y soñara con cómo sería vivir en un estanque bajo el agua, nadando todo el día entre los peces.
Pero un día su papá decidió intervenir. Una tarde, papá empezó a contarle a Magdalenita las malas costumbres que tienen las personas y le dijo que ese comportamiento era muy feo. Hay que deshacerse de los malos hábitos. Y él, su papá, le ayudaría con eso. Algún día se lo agradecerá. Las manos sucias no son el único problema. ¿Cuántos gérmenes comerá Magdalenita al morderse las uñas? Hasta podría ponerse enferma.
Así que papá le mojó los dedos de los pies y de las manos en pimienta. Pero ni siquiera eso hizo que Magdalena dejara de morderse las uñas. Solo le picaba la boca, estornudaba y resoplaba. Y cuando papá le mojó los dedos en pimienta por segunda vez, se los lavó en un abrir y cerrar de ojos. Y pudo seguir tan tranquila.
Mamá también intentó curar a Magdalena. Le enseñó todos sus esmaltes de colores. Eso le gustó mucho a Magdalena.
—¿Te gustaría tener también uñitas de colores? —le preguntó mamá entusiasmada.
Magdalenita se mordisqueó pensativa la uña del pulgar, y luego asintió. Mamá le puso esmalte de uñas en lo que quedaba de sus uñas y le dijo: «Para que quede bonito y puedas tener más color, tienes que dejar de morderte las uñas».
Pero Magdalenita aun así no dejó de hacerlo. Se las mordía incluso con el esmalte.
La siguiente que vino con una idea de cura fue la abuela.
«Que Magdalenita lleve guantes. Así se sentirá como una princesa y no podrá morderse las uñas», dijo, y enseguida fue a comprarle unos guantes.
Magdalenita se quedó mirando los guantes un rato, luego se encogió de hombros y se fue a jugar. Todos ya querían celebrar que la abuela había encontrado la medicina. Pero cuando Magdalenita volvió, tenía las puntas de los guantes recortadas y se mordía las uñas tan feliz, incluso con los guantes puestos. La abuela exclamó que casi le iba a dar un infarto. ¡Los guantes eran caros y Magdalenita los había destrozado!
—¿Y si le cortamos los deditos? —se reía el abuelo.
Por eso, toda la familia empezó a enfadarse con el abuelo y a regañarle, ¿cómo podía pensar algo así de verdad? El abuelo siguió partiéndose de risa y no le dio ninguna importancia.
Magdalenita seguía mordiéndose alegremente las uñas de las manos y de los pies. Hasta que sucedió lo que la abuela había predicho. Los deditos de Magdalenita se convirtieron en bolitas. Y no solo eso. Una mañana, Magdalenita empezó a parecer mucho más pálida de lo habitual. Mamá se preocupó, pensó que estaba enferma y la llevó al médico.
El médico examinó a Magdalenita, la observó un rato mordisqueándose las uñas y luego negó tristemente con la cabeza y escribió algo en unos papeles. Al cabo de un rato le dijo a Mamá: «Tu hija se está convirtiendo en una duende del agua. Todo empezó por morderse las uñas, ahora se irá poniendo verde hasta que acabe completamente de ese color. Yo en tu lugar, le compraría un bonito estanque o un acuario espacioso, para que pueda estar a gusto».
Mamá casi se desmaya. En casa, le dio la mala noticia a la familia. Papá dijo que son demasiado pobres para comprar un estanque o un acuario gigante. La abuela afirmó que ya les había advertido de que esto terminaría así. Si le hubieran hecho caso, seguro que esto no habría pasado. ¿Y el abuelo? Él solo se reía a carcajadas.
Magdalenita estaba de verdad cada día más y más verde. A ella no le importaba, de hecho le gustaba y estaba ilusionada con convertirse en un auténtico duende del agua, como los que conocía de los cuentos.
Sobre este caso tan especial pronto escribieron en los periódicos, a Magdalenita incluso le sacaron fotos y por todas partes se hablaba de ella como de una extraña enfermedad que había convertido a la niña en duende del agua. Gracias a eso se fijó en ella un señor que tenía un acuario marino enorme y ofreció a los padres que Magdalenita pudiera vivir allí con los peces y las tortugas.
Desde entonces, Magdalenita formaba parte de la ruta por el acuario marino, allí estaba bien y se sentía feliz. Y como en las bolitas que tenía en vez de dedos las uñas dejaron de crecer, ya no tenía nada que morderse. Se pasaba los días nadando con las tortugas y los peces en el enorme acuario, jugaba al escondite con ellos entre las piedras y las plantas acuáticas, y no le importaba nada parecerse a un duende del agua.
Y vosotros, queridos niños, no os mordáis nunca las uñas. Así no tendréis que pasar el resto de vuestra vida nadando en un acuario con Magdalenita, tortugas y peces.