Seguro que ya habéis oído hablar de muchos niños traviesos, pero apuesto a que de Tomasito, que no quería vestirse, no habéis oído nada.
Érase una vez un niño llamado Tomasito que, como ya os hemos contado, no quería vestirse. Pero es que no solo no quería, sino que tampoco dejaba que le vistieran. Cuando por fin sus padres conseguían vestir a Tomasito a la fuerza, él se arrancaba la ropita y volvía a correr desnudo. ¡Totalmente desnudo!

Cuando era verano, los padres se lo tomaban a la ligera. Hace calor, así que Tomasito no se va a resfriar. Y quizá se le pase antes de que llegue el invierno. Pero eso fue un gran error.
En cuanto llegó el otoño y la primera lluvia, apareció un gran problema. Mamá necesitaba ir con Tomasito a la tienda, pero Tomasito corría por la casa quitándose los calcetines que Mamá había conseguido ponerle.
«Al menos ponte el chubasquero, que fuera está lloviendo», suplicaba Mamá.
«No me voy a vestir. ¡No quiero! ¡Voy a ir desnudo!»
«Está lloviendo fuera. Te vas a resfriar y luego no podrás jugar», decía Mamá.
Pero Tomasito no hacía caso. Como la tienda cerraba pronto, Mamá se dio prisa para comprar comida. Tomasito saltaba a su lado completamente desnudo, brincando en los charcos y salpicando por todas partes.
«¡Qué frío hace! ¿Por qué no vistes a este niño?» se sorprendían las personas que se los encontraban.
Mamá solo se avergonzaba. Era difícil explicarles a todos que vestir a Tomasito es absolutamente imposible.
Cuando llegaron a casa, Tomasito estaba empapado y frío como el hielo. Le castañeteaban los dientes, tiritaba y se quejaba. Pero cuando Mamá lo arropó con una manta, enseguida se la quitó de encima.
¡No quiero tener nada puesto! —contestó enfadado Tomasito.
A los dos días, Tomasito se resfrió y le subió la fiebre. Tuvo que quedarse en la cama. A propósito, se tumbaba desnudo encima del edredón, ni siquiera quería taparse.
¿Qué haremos en invierno? —preguntó Mamá.
No saldrá a la calle —sugirió papá.
Pero el año que viene tendrá que ir al cole. ¿Te imaginas que va a correr desnudo por la clase?
Papá se quedó pensativo. Eso sí que no podía ser. Así que llamó a un doctor conocido, especialista en travesuras infantiles, para que viniera a casa a ver a su hijo y lo curara.
Al día siguiente vino el doctor Palacios. Tomasito corría por la casa completamente desnudo, como siempre. El doctor intentó ponerle una camiseta, pero Tomasito se movía más que un molino de viento. Vestirle fue misión imposible. El doctor se apuntó algo en su libreta. Luego sacó un metro de sastre y midió a Tomás de la cabeza a los pies, le midió la cintura, las piernas y los brazos. Apuntaba con cuidado todas las medidas.
—Para casos tan difíciles como este —decía el doctor Palacios—, tendré que mandar hacer un traje especial. Está hecho de una tela elástica y ajustada, ¡que no se puede estirar ni un poquito! Además, se abrocha por la espalda, así que los pequeños traviesos ni siquiera pueden desabrocharlo. En cuanto esté listo, te avisaré y te daré la factura.
Seguro que tenéis curiosidad por saber cómo era ese traje. Pues, se parecía a un neopreno como el que llevan los buceadores. Cuando por fin consiguieron meter a Tomasito dentro y cerrar el traje por la espalda, aquello fue un auténtico caos. Tomasito intentó arrancarse el traje. Pero no lo consiguió. Así que se dejó caer al suelo, chillaba y gritaba, daba patadas a su alrededor, luego corría por la casa y se restregaba contra la pared. En un sitio consiguió desgastar el traje, así que rápidamente agarró unas tijeras y rajó el resto de la tela. Se quitó los restos del traje especial y por fin dejó de chillar.
Los padres suspiraron aliviados, porque los vecinos habían venido a quejarse de los gritos de Tomasito. Incluso el señor Bárcenas, de quien papá siempre pensó que era sordo. Pero por otro lado, eso significaba que el traje caro y todo el tratamiento habían sido un fracaso.
Llegó el invierno, y con él la nieve y el hielo. Tomasito quería salir a jugar con los niños, construir un muñeco de nieve y deslizarse. Por supuesto, sus padres se negaban a dejarle salir sin ropa. Tomasito esperó a que dejaran de mirarle y se escapó al jardín. Enseguida se tiró en la nieve e hizo un angelito de nieve. Gritaba un poco y tiritaba de frío, pero la alegría fue más fuerte por un rato. Luego empezó a nevar mucho y a soplar viento, y los niños corrieron a casa. ¿Pero dónde se ha metido Tomasito?
Mamá y papá lo buscaron, lo llamaron, pero no lograron encontrarlo por ninguna parte. Solo había un muñeco de nieve congelado delante de la casa. Mamá y papá enseguida comprendieron que ese muñeco de nieve era su Tomasito. El frío lo había convertido en muñeco de nieve.
Así que Tomasito se quedó delante de la casa como un muñeco de nieve hasta la primavera. Cuando por fin llegó el buen tiempo y la nieve se derritió, también se derritió Tomasito. Corrió a casa, se puso toda la ropa que encontró y se envolvió en una manta. Mamá estaba contenta y le preparó un té y una sopa caliente. Tomasito se lo comió y bebió todo. Y desde entonces, ya no quiso volver a quitarse la ropa. Pero eso ya es otro cuento.
Así que vosotros también, queridos niños, abrigaos bien cuando salgáis fuera, para no acabar como Tomasito. Si no, tendréis que quedaros fuera hasta la primavera, con una cazuela en la cabeza y una zanahoria en vez de nariz.