El niño que pellizcaba a todo el mundo

Érase una vez un niño llamado Fran. Ese niño tenía un mal hábito. A todos los que alcanzaba, siempre les daba un pellizco. Si lo hiciera solo en broma, seguro que todos se reirían.

Pero Fran pellizcaba tan fuerte que a todos les dolía mucho y, por mucho que sus padres le decían que no debía hacerlo, no servía de nada. 

Cuento para niños - El niño que pellizcaba a todo el mundo
El niño que pellizcaba a todo el mundo

Cuando iba a la guardería, nadie quería jugar con él. Todos los niños iban con picaduras, se quejaban y lloraban. Incluso las profesoras también habían sido picadas por Fran. Pronto le prohibieron ir a la guardería. Pero, ¿y la escuela? A esa sí que tiene que ir. ¿O no? 

Los padres recibieron una orden del director de que Fran tenía que dejar de pellizcar o, si no, no podría seguir en su escuela. Porque al colegio solo van niños buenos y aplicados que quieren escuchar a sus profesoras y no ser molestados por alguien que les haga daño y les pique. Ni el señor director piensa dejar que nadie le pique. 

Cuando Fran se quedó dormido aquel día, sus padres estaban sentados en la mesa de la cocina, enfriándose los brazos picados por su Fran con compresas de hielo. Mientras tanto, hablaban sobre qué hacer ante la situación.

—Si ya hemos probado de todo… —suspiró Mamá.

—Aún no hemos hablado con expertos en comportamiento infantil —propuso Papá. —Un amigo del trabajo me contó que su hijo no paraba de hurgarse la nariz. Con una sola sesión con el doctor Valdés, el problema se acabó.

—¿Crees que también podría solucionar lo de los picotazos? —susurró Mamá, para no despertar a Fran.

—Seguro que sí. Nada más levantarme, le llamo —decidió papá.

No pasó mucho tiempo antes de que Fran se fuera de excursión con sus padres a ver al doctor Valdés. Fran se pasó todo el viaje entretenido pellizcando los asientos del coche con sus deditos y luego el abrigo de mamá. Por suerte, desde su asiento no llegaba a más. 

A Fran le encantó la sala de espera del doctor. Había un montón de peluches a los que podía pellizcar. Pero eso enseguida dejó de divertirle, porque los peluches no hacían ningún ruido cuando lo hacía. Por eso quería ir a pellizcar a papá. Él solo miraba, preocupado, los dibujos colgados en las paredes de la sala de espera. En uno había un niño que se comía las ceras, tanto que tenía toda la boca llena de virutas de colores. En el otro, una niña estaba sentada junto a una montaña de juguetes rotos y justo estaba destrozando una muñeca. 

“¿Ves, Mamá? Esos seguro que son niños ya curados» susurró papá.

¡Ay! ¡Fran, eso duele! le regañó Mamá, a quien los dibujos no le habían impresionado nada y ya empezaba a aburrirse.

Por suerte, se abrieron las puertas y la enfermera les invitó a pasar con el doctor. El doctor era un abuelo viejo y arrugado, con el pelo largo y blanco. Examinó a Fran por encima de sus gruesas gafas.

—A ver, muéstrate, chico —croó el doctor.

Fran se acercó a él sin dudar y enseguida le pellizcó la mano. Luego, rápidamente, la oreja, la mejilla y la nariz.

El doctor no dijo nada. Solo asintió con la cabeza.

—¿Habéis probado a ponerle guantes? —preguntó después.

“Claro que sí, pero siempre se los quita. Y no podemos pegárselos, ¿cómo escribiría en el colegio? ¿Y cómo se lavaría?», decía Mamá.

“Vale, vale. Si no queréis renunciar a esas tonterías, ¿cómo pensáis curar este mal?», gruñó el doctor Valdés.

Mamá quiso replicar que lavarse, ir al colegio y comer no son tonterías, pero prefirió quedarse callada. El doctor puso cara de muy enfadado. Quizá la culpa la tuvo Fran, que sin que nadie lo notara se metió debajo de su silla y, entre los barrotes, consiguió darle un pellizco al doctor en el trasero.

—¡Ay! Este es un caso grave, para el que ningún medicamento sirve —decía el doctor. —Propongo una solución quirúrgica. Amputar los dedos. O incluso las manos enteras por la muñeca.

Los padres se asustaron y empezaron a protestar uno encima del otro, diciendo que eso era demasiado, que eso no era ningún tratamiento, que se iban a casa inmediatamente y que el doctor podía amputarse sus propios dedos, o incluso toda la cabeza, porque ya no le servía para nada si sugería semejantes cosas.

La noche siguiente, los padres volvieron a estar sentados en la cocina, apenados por el fracaso. Además, los pellizcos de Fran empeoraron aún más. Hasta los vecinos ya se quejaban de que no podían entrar en casa. Fran se pasó toda la tarde junto a la puerta de entrada, y a quien quería pasar, ¡zas! Le daba un pellizco. 

Papá hojeaba el periódico en silencio, Mamá se refrescaba la cabeza dolorida con un paño mojado. De repente, papá dio un golpe en la mesa. “¡Ya lo tengo!”

—Baja la voz, que como lo despiertes lo tenemos todo otra vez —le regañó Mamá.

—Mira, aquí —decía papá entusiasmado, señalando el periódico y leyendo— “Enseñe a los niños a valorar la comodidad. Dejadles probar la Edad Media. El internado de caballeros corrige a cualquier niño rebelde”.

“¡Eso está genial! Solo espero que sepan cómo manejarlo» se preocupaba Mamá. 

Aun así, la decisión estaba tomada. Al día siguiente, Fran se fue al internado. Padres y vecinos suspiraron aliviados, nadie les pellizcaba y ya no tenían que temer al pequeño Fran. 

¿Y cómo le iba a Fran en el internado? Bien. Además de estudiar, tenía que trabajar para poder cocinar la comida con los demás. No tenían móvil, ni tele, ¡y hasta el agua para lavarse tenían que calentarla los alumnos y sus profes al fuego! Así, tal como vivía la gente en tiempos muy, muy antiguos. Además, los profes eran caballeros de verdad, que llevaban armaduras fuertes y no les importaban nada los pequeños golpes. Pero a Fran se le pasó después de los primeros días, cuando tuvo que empezar a resolver otros problemas. Como, por ejemplo, cómo encender un fuego. 

Así que, queridos niños, valorad lo que tenéis. Y sobre todo, apreciad a vuestros padres y nunca les hagáis daño. Si no, podríais acabar igual que Fran.

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