
Cuentos para dormir
Tobi, el perro salchicha, y la hora perdida
A las afueras de un pueblo había una casita, y en ella vivía Tobi, un perro salchicha.
A Tobi le gustaba que cada cosa fuera a su hora. Todas las mañanas se despertaba en el mismo momento, saltaba de su camita junto a la puerta y le daba un lametón en la nariz a Tomás, su niño. Luego tocaba pienso. Luego, paseo hasta el estanque. Y después, todo lo demás.
Tobi no necesitaba relojes. Tenía un despertador en la tripa. Cuando le rugía la tripa, sabía que era hora de levantarse. Papá se reía y decía que Tobi era más puntual que el reloj de la iglesia.
Un domingo por la mañana, la tripa le rugió como siempre. Tobi saltó de su camita junto a la puerta y le lamió la nariz a Tomás.
—Tobi… —murmuró Tomás, y se tapó la cabeza con el edredón.
Tobi ladró. ¡Guau! Eso, para él, quería decir: ¡pienso, por favor!
De la habitación de al lado llegó un gruñido. Papá se sentó en la cama, miró el móvil y entornó los ojos. —¡Tobi, pero si son las seis!
Tobi ladeó la cabeza. ¿Las seis? ¿Qué es eso de las seis? Pero si la tripa decía que ya era la hora. Y la tripa nunca se equivoca.
Tomás salió como pudo del edredón y fue con Tobi a la cocina, al menos para ponerle agua. Allí, en la pared, colgaba un reloj redondo con agujas grandes.
—¡Papá! —llamó Tomás—. ¡El reloj de la cocina marca las siete!
Papá llegó en pijama, bostezando. —Ah, claro. Anoche se nos olvidó atrasarlo. El móvil lo hace solito, pero este reloj no sabe.
Tomás cogió a Tobi en brazos para que viera bien el reloj. —¿Lo ves, Tobi? El reloj de la cocina piensa lo mismo que tu tripa. Va una hora adelantado.
Papá descolgó el reloj de la pared y le enseñó a Tomás una ruedecita que tenía detrás. Tomás la giró con mucho cuidado hasta que la aguja pequeña retrocedió una hora. Tic, tac. Ahora el reloj de la cocina marcaba la misma hora que el móvil.
—¿Sabes, Tobi? —dijo Tomás muy serio—. Tú no te has equivocado en nada. Somos las personas las que esta noche hemos cambiado la hora.
—Las agujas han pasado de las tres a las dos, y por eso la noche ha durado una hora más —explicó papá—. Ahora por las mañanas habrá más luz.
Tobi meneó la colita. No lo entendía muy bien. El reloj se podía atrasar. La tripa, no.
El día entero estuvo patas arriba. Cuando la tripa avisaba de que era hora de comer, mamá todavía estaba pelando patatas. Tobi se sentó junto a su cuenco y gimoteó. —Un ratito más, Tobi —dijo mamá—. No comemos hasta las doce.
¿Y por la tarde? Tobi tenía muchas ganas de corretear por el jardín y olisquear junto a la valla. Se plantó delante de la puerta moviendo el rabo.
—Después de cenar, Tobi —dijo papá.
Tobi esperó. Y cuando por fin se abrió la puerta, fuera ya estaba anocheciendo y junto a la valla se había encendido la farola. Ya era tarde para olisquear.
Tobi se tumbó en el felpudo y apoyó la cabeza en las patas, muy triste. Hoy el día está como estropeado, pensó. Todo va tarde, y aun así ya es de noche.
Tomás se arrodilló a su lado y le acarició una de sus orejas largas.
—Vamos a hacer una cosa —dijo—. Cada día esperaremos un poquito más. Tú esperas el pienso y yo te espero a ti. Tu tripa se irá acostumbrando despacito, poquito a poco. ¿Trato hecho?
Tobi le lamió la nariz. En idioma perruno, eso quiere decir: trato hecho.
El lunes por la mañana, la tripa volvió a rugir. Tobi abrió un ojo, y luego el otro. Miró a Tomás, que seguía dormido, con la boca entreabierta y el pelo todo revuelto.
Tobi dio un bostezo tan largo que le temblaron los bigotes. Y luego se volvió a tumbar en su camita. Esperaré, se dijo. Un poquito más. Y de verdad esperó un ratito.
Pero luego ya no pudo aguantar más: saltó de la camita y le lamió la nariz a Tomás. Tomás abrió los ojos y se echó a reír. —¡Mejor que ayer, Tobi! Y justo entonces sonó el despertador de mamá. ¡Riiing!
Después del desayuno, Tobi acompañó a Tomás y a mamá hasta la verja del cole. La semana pasada, de camino, todavía era casi de noche. Hoy ya brillaba el sol de la mañana. El rocío relucía en la hierba, las gotitas de las telarañas centelleaban y a Tobi le ondeaban las orejas al correr.
—¿Lo ves, Tobi? —se rio Tomás—. Por la mañana hay más luz. Tal como dijo papá.
Y por la tarde, después del cole, mientras todavía había luz, estuvieron olisqueando los dos junto a la valla tanto rato que Tobi acabó con el hocico lleno de hojas.
Aquel día anocheció pronto. Tomás estaba en la cama, bajo el edredón calentito, y Tobi se hizo un ovillo en su camita junto a la puerta. Tenía la tripa llena y contenta. En la cocina, el reloj hacía tictac, y ahora ya marcaba bien.
—¿Tobi? —susurró Tomás en la oscuridad.
Tobi levantó una oreja.
—Buenas noches, Tobi. Ya con la hora nueva.
Tobi cerró los ojos. Y al ratito, ya dormían los dos.
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