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Cómo la cebra perdió sus rayas – cuento infantil

Cuentos para dormir

Cómo la cebra perdió sus rayas

Cuando el zoo por fin abrió sus puertas a los visitantes, pudo presumir de muchas crías nuevas. Y algunas eran de verdad muy especiales, como una cebrita recién nacida.

Como todos los peques, la cebrita estaba hecha un torbellino, rebosaba energía y, de vez en cuando, hacía enfadar a sus papás. Se ponía tiquismiquis con la comida, se metía donde no debía, y cosas así.

Un día, a su mamá se le debió de acabar la paciencia, porque soltó muy enfadada:

—Si no tuvieras ya rayas, te daría unos azotes que te dejarían rayas moradas.

La cebrita se ofendió y le respondió a su mamá con un resoplido muy feo:

—¡Yo no me porto mal! ¡Y antes que tener rayas moradas, prefiero no tener ninguna! —Y se fue al trote, muy enfurruñada, al otro lado del recinto.

Esa noche tuvo un sueño muy raro. En el sueño se despertaba por la mañana y estaba toda blanca. Todas sus rayas negras habían desaparecido. No le quedaba ni una rayita chiquitita.

Con lágrimas como puños, corrió hacia sus papás sollozando: —¡Mamá, papá, mirad lo que me ha pasado! Creo que estoy enferma.

Sus papás se quedaron con la boca abierta y parpadearon varias veces, como si creyeran que estaban soñando. Y que, en cuanto se despertaran, volverían a tener delante a su preciosa hija con rayas.

Papá carraspeó e intentó hablar con voz tranquila:

—Le pediremos ayuda a nuestra cuidadora, Juanita, cuando venga a darnos de comer.

Pero la cuidadora se quedó igual de pasmada que los papás cebra. No sabía qué hacer, así que llamó al señor director y al señor veterinario para que examinaran a la cebrita.

El director y el médico de animales la examinaron a fondo y le hicieron un montón de pruebas. Ante los resultados movían la cabeza, sorprendidos, y no paraban de cuchichear y de consultarse cosas.

El veterinario se rascó la cabeza y luego les dijo a la cebrita y a sus papás:

—Es muy raro, pero los resultados están bien. La cebra está más sana que una manzana. Parece que no le pasa nada. Bueno, aparte de lo de las rayas, claro. Sencillamente, de repente tenemos una cebra albina. ¡Y eso es algo rarísimo!

Los papás asintieron muy serios, como si lo entendieran. No les hacía mucha gracia tener una hija blanca, pero lo importante era que no se trataba de ninguna enfermedad grave.

Pero la cebrita no se enteraba de nada. No conocía la palabra «albina». Y como le daba vergüenza delante del veterinario y del director, no se atrevió a preguntar qué significaba. Pero una cosa sí tenía clara: ¡aquella palabra no le gustaba ni un pelo!

En el zoo, las noticias corren rápido también entre los animales. De eso se encargaron los loros y los monitos, y muy pronto todo el zoo sabía lo de la cebra albina.

Todos se portaron de maravilla: nadie se rio de ella y, al contrario, todos querían ayudar. Los chimpancés, que son muy mañosos y saben hacer un montón de cosas, se ofrecieron a pintarle las rayas. Pero no salió del todo como esperaban. Los papás de la cebrita lo miraban horrorizados, y la cebrita pensó incluso que era un desastre. Cada raya era diferente: unas largas, otras cortas, unas parecían olitas y otras más bien círculos. La cebra corrió a esconderse para que nadie la viera. Y rezaba para que lloviera y aquel horror se borrara pronto.

Por desgracia, aquella primavera fue muy seca, y la lluvia no llegó hasta varias semanas después.

La cebrita volvía a estar triste, perdió el apetito y no tenía ninguna gana de correr y jugar. ¡Y eso ya es mucho decir!

Así que el director, el veterinario y la cuidadora Juanita se juntaron otra vez para pensar un plan con el que alegrar a la cebrita.

Al final, Juanita exclamó muy contenta:

—¡Creo que ya lo tengo! Una amiga mía es una costurera muy buena. Hasta cose trajes para el teatro. Es verdad que nunca ha hecho ninguno para un animal. Pero, señor director, si me deja hablar con ella, podría tomarle las medidas a la cebrita y a lo mejor le cose un pijama de rayas.

El director no se lo pensó mucho. Sonrió y dijo:

—¡Pues adelante! Hay que intentarlo todo. ¡Lo importante es que nuestra cebra se anime!

Además, el veterinario también estuvo de acuerdo. ¡Decidido!

Y así, una mañana soleada, la familia cebra tuvo una visita especial. Llegó la costurera Verita para tomarle las medidas a la cebrita y coserle un pijamita de rayas.

Al principio la cebrita desconfiaba y no quería que la midieran. Pero sus papás la convencieron para que le diera una oportunidad a la costurera Verita.

Y cuando vio el resultado, ¡se quedó maravillada! El pijamita era precioso, igualito que su pelaje de antes. Así que no lo dudó y se lo puso enseguida. Y hay que decir que le quedaba como un guante. Verita era de verdad muy habilidosa, como si cosiera ropita para animales todos los días.

Pero a la cebrita la alegría le duró poco. Como iba creciendo, el pijamita empezó a quedarse pequeño y pronto le estaba estrecho. Le apretaba y le tiraba por todas partes, y se sentía ridícula con él.

Por la noche se acostó muy triste, con la esperanza de que sus papás le pidieran a Juanita que volviera a llamar a la costurera para que le hiciera un pijama más grande.

Al día siguiente, la cebra se despertó y vio que no llevaba ningún pijama. Pero tampoco estaba blanca. ¡Al contrario, volvía a tener su pelaje de siempre, con sus preciosas rayas blancas y negras!

Parpadeó, desconcertada, pero luego soltó un relincho de alegría. ¡Solo había sido un sueño!

Salió corriendo a saludar a sus papás y gritó:

—¡Papá, mamá, ya vuelvo a tener mis rayas!

Sus papás la miraron un momento sin entender nada. Pero la cebrita no se desanimó y añadió:

—He tenido un sueño muy raro. He soñado que perdía mis rayas. Ha sido horrible. ¡Os prometo que ya no diré cosas feas y que os haré caso!

Los papás asintieron satisfechos, y luego papá dijo:

—Estamos muy orgullosos de ti. Y ahora vamos a comer todos juntos, que Juanita nos ha traído el desayuno.

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