
Cuentos para dormir
Los monitos traviesos
Había una vez una selva donde, además de plantas y flores de mil colores, vivían serpientes venenosas, arañas temibles y toda clase de ranitas muy graciosas. En aquella tierra tan verde y tan llena de color vivían también muchos monitos, y entre ellos había tres que eran los mejores amigos. Se llamaban Pip, Mip y la pequeña Mima. Los tres amigos se inventaban en la selva toda clase de travesuras, y la selva entera se reía con sus bromas.
Se columpiaban en lo más alto de los árboles más altos o asustaban a los animales saltándoles encima de repente. Hasta el gran elefante Marón se llevó un buen susto cuando aquellos tres traviesos le saltaron encima sin avisar. Cada día, además de los sonidos de los animales, por la selva resonaban sus risas. Pip hacía malabares con cocos y el pequeño Mip intentaba atraparlos a toda prisa. Mientras tanto, la pequeña Mima les hacía cosquillas, hasta que los tres, con cocos y todo, rodaban por el suelo, donde se reían tanto que les caían las lágrimas. Y así era todos los días.
Pero aquel día era distinto. Pip y Mip se despertaron antes de que el sol asomara entre los árboles. ¡Y es que aquel día era el cumpleaños de su amiga Mima! Querían darle una sorpresa con una tarta de plátano grande y preciosa.
Recogieron los plátanos más maduros y más ricos, los colocaron unos encima de otros y así hicieron una tarta enorme. Y la adornaron con flores. Pero Pip y Mip tenían planeada también una pequeña broma. Querían hacer como que se habían olvidado del cumpleaños de Mima.
Cuando Mima se despertó y se asomó fuera de su casita del árbol, en la rama ya la esperaban sus amigos, los muy pillos.
—Buenos días —dijo Mip, y bostezó muy fuerte.
—Buenos días. Hoy solo me apetece estar tumbado sin hacer nada —añadió Pip, y se rascó la cabeza, como si aquel día no tuviera nada de especial.
—Estoy de acuerdo, hoy no haremos nada, solo dormir —asintió Mip, y volvió a bostezar muy fuerte.
Mima miró sorprendida a sus amigos. ¡Si sabían de sobra que hoy era su cumpleaños! ¿Se habrían olvidado de ella?
—¿Solo estar tumbados sin hacer nada? —preguntó, triste, y sus amigos asintieron y se tumbaron en sus camitas, haciéndose los dormidos.
La monita, triste, se dio la vuelta, trepó a una liana y se deslizó hasta abajo. Allí se sentó en una piedra y se puso a mirar cómo jugaban unas ranitas en un charco. Estaba triste. Aquel tenía que ser su día, y sus mejores amigos, Pip y Mip, se habían olvidado de ella. La pequeña Mima no sabía que Pip y Mip solo querían hacerla rabiar un poquito y luego darle una sorpresa.
Cuando Mima se fue, los amigos saltaron de sus camitas. ¡Mima se había ido y llegaba la hora de la fiesta! Mip llamó a todos los amigos de la selva y Pip corrió a por la tarta, que había escondido en un arbusto cercano.
Mientras Mima miraba, triste, a las ranitas que jugaban en el charco, de repente oyó detrás de ella un grito muy fuerte:
—¡Sorpresa! —gritaron Pip y Mip, con la tarta de plátano en las manos. A su lado estaban también otros monos, y hasta el elefante Marón con su familia y Luna, la puma simpática que siempre los protegía de los peligros de la selva. Todos habían venido a felicitar a la pequeña Mima.
A Mima se le iluminaron los ojos como estrellas en el cielo. Se puso a dar saltos de alegría.
—¡Qué susto me habéis dado! ¡Ya creía que os habíais olvidado de mí! —se rio Mima, y abrazó a Pip y a Mip. Y la fiesta pudo empezar. Los animalitos felicitaron a la pequeña monita por su cumpleaños, y todos juntos comieron tarta de plátano, que estaba deliciosa, se pusieron morados de cocos y lo pasaron en grande.
Por toda la selva resonaban las risas de todos los animalitos, que se habían reunido en la fiesta y se lo estaban pasando de maravilla. Mima no iba a olvidar tan fácilmente la broma de sus amigos y aquella gran sorpresa.
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