Érase una vez una habitación en la que jugaban dos niños llamados Anita y Pedro. Los dos tenían un montón de juguetes. A Anita lo que más le gustaba era jugar con muñecas, bloques de construcción y trenecitos.
A Pedro, en cambio, le encantaba construir con Lego, jugar con sus cochecitos y acurrucarse con sus peluches. Cada vez que jugaban y corrían de un lado a otro, la habitación parecía como si un viento salvaje hubiera barrido una juguetería.

Eso pasaba porque ni Anita ni Pedro colocaban los juguetes en su sitio y, cuando acababan de jugar, los juguetes se quedaban tirados por el suelo.
Seguro que estáis pensando que por la noche, esta vez sí, recogieron sus juguetes. Pero qué va. Solo se ducharon deprisa, se metieron en sus camitas y esperaron a que mamá viniera a leerles un cuento.
«¿Y cómo se supone que voy a llegar hasta vuestras camas?», se enfadó mamá desde la puerta. «¿Por qué no recogéis los juguetes?»
«¿Para qué? Si vamos a volver a jugar con ellos…», dijo Pedro.
—A los juguetes seguro que no les importa, mamá —añadió Anita.
Mamá apartó con cuidado los juguetes con el pie para poder llegar hasta las camitas.
—Hoy os traigo un cuento muy bonito —dijo mamá. —Seguro que a vuestros juguetes también les gustará escucharlo, porque va un poco sobre ellos.
Y comenzó a leer.
—Érase una vez un cuartito donde había un montón de juguetes. Muñecas, cochecitos, bloques, trenecitos, peluches, soldaditos… en fin, toda clase de juguetes. Los juguetes eran más felices cuando los niños jugaban con ellos. Eso les divertía mucho. Pero también les gustaba mucho descansar tranquilamente en sus propias baldas, dentro de los armarios. Pero solo pocas veces volvían allí. Cuando los niños terminaban de jugar con ellos, los dejaban tirados en el suelo. Al día siguiente, los niños volvían a jugar, pero con otros juguetes. Y cuando acababan de jugar, también los dejaban tirados en el suelo entre los demás, o incluso directamente encima de ellos. A los juguetes eso no les gustaba nada. Una de las muñecas se quejaba de que tenía un coche encima. Desde luego, llevar un Porche a la espalda tiene que ser muy desagradable. A los soldaditos, en cambio, les molestaba haber acabado entre dinosaurios. Los peluches se enfadaban porque estaban tirados debajo de la cama, a oscuras. Los cochecitos se habían quedado estrellados en la alfombra y los trenes, descarrilados sobre las vías rotas.
Cuando los juguetes, muy descontentos, ya no pudieron aguantar más, decidieron marcharse del cuartito e ir a ver al rey de los juguetes. Su reino era bastante grande, en todas partes reinaba el orden y el rey seguro que los recibiría con gusto. Y así los juguetes se pusieron en camino.
Lo que pasó después os lo contaré mañana. «Ya es hora de irse a dormir», terminó mamá, dio un beso de buenas noches a los dos niños y se marchó.
«¿Tú crees que nuestros juguetes también están enfadados con nosotros?», se le ocurrió a Anita.
«Qué va», dijo Pedro, haciendo un gesto con la mano. «A los nuestros les da igual».
Y así, los dos niños se quedaron dormidos dulcemente.
Por la mañana, el primero en despertarse fue Pedro. Quiso llevarse al desayuno su peluche favorito, un loro de colores, pero no aparecía por ninguna parte.
«A lo mejor deberíais recoger un poco esto. Seguro que así lo encontráis», dijo mamá.
Anita también se levantó, desayunó y se fue a su cuarto. Buscaba su muñeca preferida, la de pelo rojo, que se parece a Ariel, la del cuento de la sirenita. Pero no aparecía por ninguna parte.
Pedrito y Anita jugaron aquel día con otros juguetes. Pero seguían sin comprender cómo era posible que no encontraran ni al loro ni a la muñeca. Y eso que habían rebuscado por todo el cuarto por lo menos tres veces. Pero no les apetecía nada ponerse a recoger.
Por la noche, mamá siguió con su cuento.
«¿Dónde lo habíamos dejado? Ah, ya lo veo… Los juguetes se pusieron en camino hacia el reino de los juguetes. El rey de los juguetes los recibió con los brazos abiertos. Le dio pena que los niños los hubieran tratado tan mal y les dijo que en su reino podían quedarse todo el tiempo que quisieran y, si algún día querían volver, no se lo impediría. Los juguetes se extrañaban de por qué iban a querer volver, si acababan de llegar. Pero por la mañana, por todo el reino resonaba un llanto espantoso. Tan triste, que hasta una piedra se habría compadecido.
Los juguetes fueron a preguntarle al rey qué estaba pasando y de dónde salían aquellos sonidos lastimeros. El rey se limitó a señalar su bola de cristal. En ella, los juguetes vieron su cuartito, ahora vacío, y a los niños sentados allí, llorando porque no tenían con qué jugar. Entre sollozos, prometían que de ahora en adelante recogerían los juguetes, con tal de que volvieran.
Los pobres juguetes se apiadaron de los niños y, por la noche, cuando todo dormía, volvieron a casa. Por la mañana, los niños se despertaron. ¡Qué alegría! Enseguida, los niños cogieron cada juguete con mucho cuidado, lo abrazaron y lo colocaron en su sitio. El cuartito quedó de lo más bonito: cada juguete tenía su rincón, y los niños siempre lo devolvían a su lugar, porque sabían que tenían que valorarlos. La próxima vez, puede que ya no regresaran del reino de los juguetes. Fin. Y buenas noches».
Mamá besó a los niños, apagó la luz y se fue.
«Mira, Pedro, me parece que nuestros juguetes también se van poco a poco a algún lugar donde estarán mejor», dijo Anita.
«Qué tontería. Solo era un cuento».
Pero Pedro no estaba muy seguro de lo que había dicho. Se quedó callado un momento y empezó a dar vueltas en la cama de un lado a otro.
«¿Anita?»
«¿Qué pasa, Pedro?»
«¿Crees que también podrían irse más juguetes?»
«A lo mejor se van todos de golpe», se asustó Anita.
«Si recogiéramos todo esto y lo pusiéramos en su sitio…», empezó a razonar Pedro, pero Anita ya se había escurrido de la cama, había encendido la luz y estaba recogiendo las muñecas del suelo.
Pedrito también dio un salto y empezó a aparcar los cochecitos en el aparcamiento. Les llevó un rato recoger todo. Ya lo sabéis: un desorden así no se monta en un momentito, así que tampoco puede quedar recogido tan rápido.
Pero al final los niños lo consiguieron y pudieron meterse otra vez en sus camas, en las que durmieron profundamente hasta la mañana.
Cuando Pedro y Anita se despertaron por la mañana, comprobaron sus juguetes. Todas descansaban en sus sitios.
—¡Ay! Pedro, ven a ver esto —llamó Anita—. Entre las muñecas, Ariel también está durmiendo en la camita. Pero estaba segura de que ayer no la había visto. Debió de volver. ¡Mi Arielita!
Anita abrazó a Ariel y se puso muy contenta. Pedro fue corriendo a mirar la estantería donde tenía sus peluches. El loro estaba sentado justo en medio.
—Mira, el loro también está aquí —gritó Pedro, y enseguida bajó el loro de la estantería para poder achucharlo.
Cuando ya terminaron de saludar a los juguetes, los devolvieron a su sitio.
«Desde hoy será así para siempre, Arielita», prometía Anita. «Ni a ti ni a ningún otro juguete volveremos a dejaros tirados por ahí».
«Exacto», estuvo de acuerdo Pedro. «Convertiremos nuestra habitación en un reino solo para vosotros. Para que estéis aquí tan a gusto. ¿Qué sería de nosotros sin vosotros?».
Y así, en el cuartito de Anita y Pedro ya no encontraréis ni un solo juguete en el suelo. En cuanto terminan de jugar con ellos, los guardan en su sitio. Y vosotros haced lo mismo para que vuestros juguetes no decidan irse con el rey de los juguetes.