
Cuentos para dormir
La princesa Angelita descubre el poder de la amistad
Detrás de las montañas, detrás de los bosques y detrás de un río muy largo que guarda más de un secreto, vivía la princesa Angelita. Siempre estaba triste. Miraba cómo los hijos de los cortesanos jugaban juntos en el patio del castillo donde vivía, pero nunca quería bajar con ellos. El rey y la reina se preguntaban cómo conseguir que su querida Angelita hiciera amigos entre aquellos niños.
—Con los hijos de los cortesanos no pienso jugar —contestaba siempre—. Llevan una ropa gris y fea, y ellos mismos están sucios y hacen mucho ruido. No quiero ser como ellos. Mis vestiditos son demasiado bonitos para jugar así.
El rey y la reina se llevaban las manos a la cabeza. Sabían que Angelita no se estaba portando bien y que así nunca haría amigos. Y tampoco querían que siguiera mirando con tanta tristeza a los niños que jugaban bajo sus ventanas.
Una vez le compraron un perrito, para que tuviera con quién jugar y aprendiera a cuidar de alguien. Al principio, la princesa estaba contentísima con el perrito, pero con el tiempo se le quitaron las ganas de sacarlo de paseo.
El rey y la reina sabían que tenían que convencer a su hija de alguna manera para que jugara con los hijos de los cortesanos. Solo que no sabían cómo. Un día se les ocurrió organizar en el reino una gran excursión para buscar setas. Al principio, a Angelita no le hizo ninguna gracia. Pero cuando vio la ilusión que tenía todo el mundo, incluso mamá y papá, decidió probar ella también. Se puso unos zapatos cómodos y un vestido cómodo y se fue con todos al bosque cercano.
Angelita era una niña muy independiente, así que en el bosque le apeteció alejarse un poco de sus padres. También pensaba que, si se salía del camino, encontraría setas más grandes y más bonitas. Pero al ratito se dio cuenta de que no había nadie a su alrededor. Empezó a tener mucho miedo y a acordarse de las historias que había oído contar a los criados. Sabía que en el bosque podía haber lobos y jabalíes, y aun así se había alejado de sus padres.
Estuvo un rato dando vueltas entre los árboles, que parecían todos iguales, cuando de pronto oyó crujir unas ramas. «¡Seguro que es un lobo enorme que me quiere comer!», pensó la princesa, asustadísima. Los arbustos empezaron a moverse. La niña se tapó la cara con las manos del miedo y se echó a llorar. Y de repente, de entre las hojas, salió Marcos, uno de los chicos que jugaban en el patio justo debajo de sus ventanas.
—Hola. ¿Qué haces aquí sola? Todos están preocupados por ti y te están buscando.
—Yo… Yo quería encontrar las mejores setas del bosque, pero me he perdido. Me dan mucho miedo los lobos. ¿Me ayudas a encontrar a mamá y a papá?
—¡Pues claro! Para eso he venido.
A Angelita le encantaron el valor y el buen corazón de Marcos. Comprendió que había juzgado muy mal a los hijos de los cortesanos. Después de aquel susto, que terminó tan bien, la princesa empezó a apreciar a los demás niños e hizo muchísimos amigos entre ellos. El mejor de todos fue Marcos, que la había ayudado a encontrar a sus padres. El rey y la reina estaban felicísimos. Sabían que su querida hija ya no estaría sola. Y nunca más volvieron a ver tristeza en su cara.
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