
Cuentos para dormir
Cómo la hipopótama Herma dejó de estar triste
La pequeña hipopótama Herma llevaba ya varias semanas triste. Y es que su mejor amigo, Félix, se había ido a ver mundo y la había dejado sola. Por eso Herma se sentía sola, triste y también un poco enfadada con él por haberse marchado así. Se pasaba el día sentada en casa, junto a la charca de barro en medio de la sabana, dándole vueltas a todo. Hasta que un día sus padres ya no pudieron verla así y le dijeron que fuera a la fiesta de cumpleaños de su prima Iris.
Herma no quería ir, pero al final hizo caso a sus padres y fue a la fiesta. Al principio no se lo pasaba muy bien: estaba sentada en un rincón mirando a los demás hipopotamitos, que se divertían, se bañaban en el barro y jugaban con globos. A Iris, sobre todo, le había gustado muchísimo un globo rosa. Lo llevaba siempre consigo, incluso a la piscina de barro.
Pero entonces pasó algo: Iris tropezó y el globo se le escapó volando. Se quedó tristísima por haber perdido su globo y casi se echa a llorar. A Herma le dio mucha pena Iris: ¡en su cumpleaños tenía que estar disfrutando, no pasándolo mal! Así que le ofreció ayudarla a encontrar el globo.
Iris dejó de sorberse los mocos y, con esperanza en la voz, dijo que sí. Así que las dos hipopótamas se fueron hacia donde había volado el globo. Pero no era un camino fácil. La sabana era un lugar peligroso, lleno de fieras que acechaban entre la hierba alta a crías indefensas como Herma e Iris.
Pero ellas iban con mucho cuidado y evitaban todos los sitios donde pudiera esconderse un león o, por ejemplo, una hiena. Al final, el camino las llevó hasta una charca que no se podía rodear, porque a su alrededor había una roca altísima. De la charca asomaban un montón de piedras y troncos flotantes. Y en la otra orilla, enganchado en un arbusto, estaba el globo rosa. —Entre esos troncos se pueden esconder cocodrilos. No deberíamos ir —dijo Iris, desilusionada.
Pero Herma no iba a permitir que Iris estuviera triste. Respiró hondo y, llena de decisión, echó a correr por encima de los troncos flotantes y de las piedras que asomaban del agua. Llegó corriendo hasta la otra orilla, agarró el globo y, con el corazón a mil, volvió corriendo. Le devolvió el globo a Iris, que la miraba con los ojos como platos, pero feliz, y las dos volvieron muy contentas a la fiesta. Herma se dio cuenta de que todo aquello se parecía bastante a lo que le pasaba con Félix. Comprendió que Félix también acabaría volviendo, igual que el globo había vuelto con Iris. Y, mientras tanto, en vez de estar triste, podía disfrutar de la vida con Iris y con sus demás amigos.
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