
Cuentos para dormir
El bosque de los árboles encantados
Érase una vez un joven príncipe que, más que nada en el mundo, adoraba viajar. Al cumplir dieciocho años decidió mandar construir un barco y navegar por todo el mundo.
Pero para un barco así hacía falta muchísima, muchísima madera, así que decidió elegir un bosque de su reino y mandar talarlo, para tener madera de sobra. Fue recorriendo el reino y se fue adentrando cada vez más en los bosques.
De repente se encontró en un claro con unos árboles enormes y preciosos. Su madera era fuerte y dura. Con ella saldría un barco estupendo. El príncipe levantó el hacha. Quería dar él mismo el primer hachazo, para que los leñadores a los que llamaría después supieran dónde tenían que talar.
Pero en cuanto dio el hachazo, se oyó un sollozo largo y fuerte. El príncipe se asustó. Era como si saliera de dentro de aquel árbol. El príncipe quiso dar un segundo hachazo, pero lo detuvo una voz: —¡No cortes, príncipe! Para. Nosotros no somos árboles, somos personas. ¡Personas encantadas! El príncipe soltó el hacha, muerto de miedo.
¡Eran los árboles! ¡Los árboles hablaban! —¿Quién os ha hechizado? —¡Tu tatara-tatara-tatarabuelo! Nos convirtió en esto y se quedó con nuestro reino, ese que tú crees que es tuyo. Llevamos siglos aquí, esperando a que alguien nos libere.
—Me gustaría arreglarlo, pero ¿cómo? —Tienes que regarnos con tus lágrimas. Tú, que eres descendiente del que nos encantó, tienes que arrepentirte de corazón de lo que hicieron tus antepasados. Con el hacha has herido a una de mis hijas, que no había hecho nada malo.
El príncipe sintió muchísima pena por todo aquello. Se echó a llorar. Y sus lágrimas convirtieron los árboles en personas y curaron también la herida de la princesa a la que había dado el hachazo. Le gustó tanto que se casó con ella, y nunca más volvió a pensar en el viaje alrededor del mundo. Dos familias enemistadas, separadas por una vieja injusticia, quedaron unidas por una nueva esperanza. Y el príncipe prohibió talar árboles en todo el reino.
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