
Leyla, el pequeño lémur de mamá
Hoy os voy a contar un cuento sobre unos animalitos muy especiales, que también viven con nosotros en el planeta Tierra. Son unos monitos pequeños con el pelito gris y la colita a rayas. Tienen las orejitas chiquititas, igual que el hocico. Cada uno de estos monitos tiene que dedicar mucho tiempo a cuidar su pelo tan suave. Nosotros también tenemos que cuidar nuestro cuerpo y nuestro pelo, ¿verdad?
En uno de los árboles vivían también una mamá y un papá. Juntos criaban a su hija, a la que llamaban Leyla. Cada mañana, mamá le revisaba el pelo y se lo peinaba con cuidado con sus deditos. Pero Leyla siempre se ponía de morros. No le gustaba nada. Se aburría de estar sentada esperando a que mamá le limpiara el pelo y mirara si tenía alguna pulga que le picara.
Así que un día mamá decidió que, justo después del desayuno del fin de semana, dejaría a Leyla salir con sus amigos sin revisarle ni limpiarle el pelo. A Leyla le pareció raro. Pero no protestó, y salió con muchas ganas hacia las copas de los árboles.
Por la noche volvió con el pelo bastante sucio. Aquí un cardo enredado, allá un trocito de rama. ¿Y detrás de las orejitas? Allí le asomaban unas briznas de hierba. «Ojalá mamá me deje ir mañana también con mis amigos sin revisarme ni limpiarme el pelo», pensó Leyla por la noche, al acostarse.
Ya hacía una semana que mamá no le limpiaba el pelo a Leyla. Eran vacaciones, así que la pequeña Leyla pasaba muchísimo tiempo fuera con sus amigos. Jugaban a pillar, al escondite, o simplemente saltaban por las copas de los árboles. Después de un día entero en el que Leyla había barrido casi todos los rincones llenos de telarañas y otras porquerías, siempre parecía un cerdito. ¿Y después de una semana entera? ¡Si casi no se reconoció en el espejo!
Al verse así, echó de menos los ratitos que pasaba con mamá mientras le limpiaba el pelo. Los echaba mucho de menos.
A la mañana siguiente, al despertarse, Leyla corrió hacia mamá con una petición enorme y sorprendente: —¿Me limpias hoy el pelo, mamá? Por favor, por favor —le suplicó. Mamá le preguntó con curiosidad: —¿Y eso tan de repente? Si siempre lo evitabas. Leyla le confesó a mamá que la quería mucho y que echaba de menos de verdad el tiempo que pasaban juntas mientras le limpiaba y le peinaba el pelo. Y, además, parecía un espantapájaros, porque nadie le quitaba la porquería del pelo. ¡Ella sola no llegaba a la espalda!
Desde aquel día, Leyla ya no podía seguir durmiendo por las mañanas, de las ganas que tenía de que llegara aquel ratito que era solo para ella y para la mamá más buena del mundo.
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