
Cuentos para dormir
El flautista de Hamelín
En una ciudad que se llamaba Hamelín, las ratas se multiplicaron muchísimo. Toda la ciudad estaba llena de ellas. La gente les tenía miedo y estaba muy triste.
Un día llegó a Hamelín un hombre muy extraño. Dijo que era cazador de ratas y se ofreció a librar a la ciudad de aquellos roedores. Pero, a cambio, le tenían que pagar. La gente estaba tan desesperada por las ratas que le prometió al flautista un montón de dinero, con tal de que la ciudad se quedara sin ratas.
Entonces el flautista sacó una flauta y se puso a tocar. Tocaba una melodía que solo oían las ratas. Levantaban la cabeza y se volvían hacia aquella música. El flautista salió de la ciudad y las ratas lo siguieron en fila, embobadas con la música. El flautista las llevó al otro lado del río, muy lejos, a las montañas, y las ratas nunca más volvieron a Hamelín. La ciudad se había salvado.
Pero cuando el flautista volvió a Hamelín y pidió su recompensa, la gente no se la dio. Total, tampoco le había costado tanto trabajo, ¿para qué darle tanto dinero? El flautista los amenazó, pero aquellos vecinos tan avaros no le dieron ni una moneda. El flautista se fue sin decir ni una palabra.
Justo un año después, volvió. Tocaba una melodía extraña, distinta de la de aquella vez. Esta vez, su música atraía a los niños de toda la ciudad. Dejaban los juguetes tirados en el suelo y corrían detrás del flautista y de su flauta. El flautista se llevó a los niños fuera de la ciudad. ¿Adónde? Nadie lo sabía. Solo encontraron a un niño pequeño a las afueras. Seguramente se había cansado y se había quedado dormido en la hierba.
Cuando la gente se dio cuenta de que el flautista se había llevado a sus niños, se arrepintió muchísimo de lo que había hecho. Las mamás y los papás tomaron un saco con el dinero para el flautista y lo llevaron fuera de la ciudad, a las rocas donde habían encontrado al niño cansado. Allí dejaron el dinero y esperaron un milagro.
A la mañana siguiente, por las calles de Hamelín se oían gritos de alegría de los niños. Enseguida se unieron los gritos de alegría de las mamás y los papás, porque les habían devuelto a todos sus hijos. Así que, al final, sirvió de algo saldar las cuentas con el flautista. Desde entonces, los vecinos de Hamelín nunca más engañaron a nadie y se respetaban unos a otros. Y sobre todo, apreciaban lo que vale más que todo el dinero del mundo: a sus queridos hijos.
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