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El castorcito trabajador – cuento para dormir

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El castorcito trabajador

Como todos sabemos, el castor es un animalito muy trabajador que vive sobre todo en los bosquecillos junto a los ríos, en el agua. Si tenemos suerte, lo veremos trabajando sin parar con sus amigos o su familia en alguna obra maestra. Estos castorcitos tan trabajadores construyen juntos sus madrigueras con ramitas y con trozos grandes de madera. ¡Son animalitos muy amigueros y muy familiares, que se quieren muchísimo!

Lo hacen todo juntos y se ayudan en todo. Papá castor trae la madera y mamá, mientras tanto, construye la madriguera. ¡Así es como debe ser! Muy listos, ponen la entrada de su casita en la orilla del río y la salida, debajo del agua. Son animales muy trabajadores: con sus dientes afilados roen la madera y así pueden construir toda clase de puentes y murallas preciosos.

Y así era también el castorcito Castorín. Pero él estaba solo. Nunca había conocido a su familia. Su única compañía era una mariposita azul que siempre revoloteaba alegre a su alrededor. Un buen día de sol, el castorcito Castorín decidió construirse un gran castillo. Corrió al bosque cercano y recogió trocitos de madera. Su fiel amiga, la mariposa, que no podía hablar, lo siguió obediente.

—Pero ¿quién me va a ayudar? ¡Yo solo no puedo! ¡Me vendría bien un amigo! —se dijo el castorcito, y miró triste a su amiga la mariposa. Ella no podía ayudarle: solo tenía alitas, y con alitas no se levanta la madera. Pero Castorín no se rindió: recogió la madera y volvió al río brillante. Se acercó correteando al agua y se puso manos a la obra.

—¡Un palito aquí, un palito allá, yo solito lo voy a montar! —cantaba alegre Castorín, y con los dientes iba dando forma a la madera y la colocaba con cuidado. Pero casi siempre se le venía todo abajo. ¡A la mariposa eso le daba mucha rabia! Quería ayudarle de verdad. Voló bien alto y miró por los alrededores, a ver si encontraba a alguien con patitas que pudiera ayudar a Castorín. ¿Y sabéis qué vio? Una castorcita pequeñita que andaba perdida por la orilla del río. Se acercó volando y se le posó en la nariz. —¡Anda, una mariposa! —dijo la pequeña cría de castor. La mariposa subió volando y la castorcita la siguió muy contenta. La llevó hasta Castorín, que seguía intentando construir su madriguera.

—¡Déjame, que te ayudo! ¡Yo también soy castora, soy la pequeña Tere! —dijo la castorcita. ¡Pero qué castorcita tan lista! La mariposa estaba feliz de haber ayudado a su amigo todo lo que podía. Castorín traía la madera y su nueva amiga le ayudaba. Pero a Castorín le daba vueltas una idea en la cabeza: ¿dónde estaría la mamá de esta pequeñita? Tere no podía estar allí sola. «Yo la cuidaré hasta que aparezcan», se dijo Castorín.

Y de repente, de detrás de la hierba alta y verdosa, asomaron papá castor y mamá castor. —¡Así que estás aquí, Tere! —exclamaron los castores muy contentos, y corrieron hacia su hijita, que estaba ayudando a Castorín. Sus papás le dieron las gracias a Castorín por haber cuidado de su niña.

¡Y no os lo vais a creer! ¡Después todos juntos ayudaron a Castorín a construir su gran castillo de lado a lado del río! La mariposa estaba feliz de cómo había terminado todo. ¡Y eso no es todo! Se quedaron a vivir allí con Castorín y con la mariposa, y juntos guardaron muchas astillitas para el invierno. ¡Y en invierno se chupaban los dedos! Los castores viven juntos como una gran familia, y el castorcito Castorín por fin encontró la suya, con su mariposa y todo.

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