
Cuentos para dormir
De excursión con el abuelo
Era fin de semana, y los hermanos Adela y Jaime pasaban sus días libres en casa de los abuelos, en el pueblo. Era un sábado soleado y hoy el abuelo Pepe los iba a llevar al lago para enseñarles cómo pescaba. Porque al abuelo le apasionaba la pesca. El abuelo les preparó a los niños unos bocadillos y fruta para el camino, y luego llevó al coche las cañas, un cubo grande y toda clase de cebos para los peces.
—¡Y nos vamos! —exclamó cuando ya estaban todos sentados en el coche. El viaje no fue largo, y al ratito apareció delante de ellos un lago grande y precioso. —¡Brilla como el cielo! —exclamó Adela, y saltó del coche. Unas mariposas de colores revoloteaban sobre el lago y hacían un precioso espectáculo de la naturaleza. El abuelo les enseñó a Adela y a Jaime cómo poner las lombrices en los anzuelos para que picaran los peces.
—¡Puaj! —dijo Adela, se tapó sus ojos azules y puso una mueca muy graciosa. A Jaime, en cambio, no le importaba, y ayudó al abuelo a poner la lombriz en el anzuelo. Adela los miraba desde un poco más allá, pero cada dos por tres se tapaba los ojos. El abuelo Pepe lanzó la caña al agua con un gran ¡plaf!, y luego se quedaron todos esperando. —¿Cuánto tiempo vamos a esperar? —preguntó la nieta con curiosidad. —Pues hasta que un pececito pique el cebo —dijo el abuelo sonriendo, y se colocó bien el sombrero para que el sol no le diera en los ojos. —Abuelo, ¿y cómo sabe el pez que tiene que venir al anzuelo? —preguntó Jaime con curiosidad, y le dio un mordisco a su rico bocadillo de pan con mermelada.
El abuelo se rascó la barba gris con una sonrisa. —Los peces también son curiosos: ven la lombriz y piensan que es su comida. Tú también sientes curiosidad por los juguetes de la juguetería, ¿a que sí? —se rio el abuelo. Los niños asintieron muy contentos y siguieron mirando el agua tranquila del lago. Y de pronto, la caña del abuelo y de Jaime se movió. —¡Abuelo, mira! ¡Creo que tenemos uno! —gritó Jaime de alegría. Adela llegó corriendo; no se creía que hubieran pescado algo tan rápido. Y así, los tres juntos tiraron de la caña. De repente, del agua saltó un pececito de escamas verdosas, que se quedó colgando en el aire y coleteaba tanto que los salpicó a todos. Con cuidado metieron el pececito en el cubo con un poco de agua. —Mira, Jaimito, este es el primer pez que has pescado —dijo el abuelo muy orgulloso, y felicitó a su nieto.
Y así siguió el día. El sol brillaba alegre y el agua relucía. Pero de momento solo tenían un pececito en el cubo, y a los demás peces no les apetecía mucho picar. —¡Mirad, por fin se mueve la caña! —exclamó Adela al ver que los peces por fin picaban. Volvieron a tirar de la caña y pescaron otro pececito pequeño. Lo echaron al cubo con agua y esperaron a que picara otro. El día iba llegando poco a poco a su fin y el sol calentito empezó a ponerse.
—Y ahora los vamos a soltar —dijo el abuelo. —¿Y por qué? —preguntaron los niños con curiosidad. —Estos pececitos son pequeños y no hace falta hacerles sufrir; estarán mejor juntos en el lago. Haremos una buena acción y los dejaremos nadar —respondió el abuelo, muy sabio. Y así lo hicieron. Jaime y Adela devolvieron los pececitos al agua. Pero no se quedaron tristes. La excursión al lago había sido maravillosa. El abuelo les contó historias de peces enormes, vieron los peces que habían pescado y hasta vieron pájaros que se iban volando a países más cálidos. Desde luego, aquel día fue mucho mejor que un día delante de la tele, y los niños se llevaron un montón de recuerdos.
Cuentos cortos Cuentos de animales Cuentos para preescolar Cuentos sobre niños




¿Qué te pareció el cuento?