
Cuentos para dormir
El elefantito al que le encantaba ayudar
El elefantito todavía era pequeño, pero era fuerte y le encantaba ayudar. Ayudaba mucho en casa: fregaba los platos, barría el suelo y recogía sus cosas. Desde muy chiquitito había aprendido a ser responsable y a ayudar a los demás. Y no solo le gustaba ayudar en casa, también le gustaba echar una mano a cualquiera que estuviera en apuros.
Un día, el elefantito paseaba por el bosque y oyó unos lamentos. Siguió aquel sonido, que lo llevó hasta un conejito. Al elefantito le dio mucha pena ver al conejito llorando, así que le preguntó: —¿Qué te pasa, conejito? ¿Por qué lloras?
El conejito sollozaba y, con lágrimas en los ojos, le contestó: —Hubo una tormenta y me destrozó la casita. Ahora no tengo adónde ir.
El elefantito se quedó pensando y le dijo que no se preocupara, que entre los dos construirían una casita nueva y que él lo ayudaría. Al conejito se le iluminaron los ojitos: —¿De verdad? ¡Muchísimas gracias!
El elefantito sonrió y enseguida fue corriendo a por ramas y troncos pequeños. Otros animalitos que vivían por allí vieron lo que pasaba y se unieron para ayudar también. Trabajaron todo el día y, al final, le construyeron al conejito una casita nueva, todavía más fuerte y cómoda que la vieja. El conejito estaba muy agradecido y les dio las gracias a todos por su ayuda, sobre todo al pequeño elefantito.
Unos días después, el elefantito volvía a casa de una excursión y se encontró con un caballo que intentaba arreglar el tejado. —¿Necesitas ayuda? Puedo ayudarte con el tejado —se ofreció el elefantito. El caballo le respondió: —¡Ay, gracias, sería estupendo! ¡Llevo horas peleándome con esto!
El elefantito empezó a llevarle tablas al caballo y, con su larga trompa, las iba colocando en el tejado. El caballo estaba contentísimo de que el elefantito lo hubiera ayudado y le dio las gracias de todo corazón.
Una vez, el elefantito paseaba solo por el bosque después de un gran chaparrón. Había llovido durante días y el suelo estaba blandísimo. Mientras iba por el senderito, notó que le costaba despegar las patas del suelo. Cruzaba despacito un charco lleno de barro cuando, de repente, ¡empezó a hundirse! Los demás animalitos lo vieron y, sin pensárselo dos veces, ayudaron todos juntos a sacar al elefantito. Así le devolvían todo lo bueno que él había hecho, porque siempre ayudaba cuando hacía falta.
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