
Cuentos para dormir
El hada de la lluvia
El verano se acercaba a su fin, y el pequeño Pedrito estaba pasando las vacaciones en casa de su abuela. Le encantaba ir allí, porque podía escaparse cuando quisiera al bosque que había justo encima de la casita de la abuela, donde se lo pasaba en grande.
Unas veces iba al río a mirar las ranas, otras se subía a los árboles o recogía flores del prado. Y ese día no fue distinto: después del desayuno, Pedrito salió corriendo de la casita y se fue derechito al bosque. Por el sendero llegó hasta el prado, pero justo entonces se puso a llover a cántaros.
Su casa estaba lejos, así que miró a su alrededor buscando algún sitio donde resguardarse lo antes posible. Y, efectivamente, al poco vio un lugar donde podría quedarse hasta que dejara de llover. Era un agujero enorme en un árbol hueco. Entró corriendo y allí dentro algo lo sorprendió. Había unas escaleras que subían hasta la copa del árbol. Pedrito, muy curioso, pensó que tenía que averiguar adónde llevaban, y subió por las escaleras hasta arriba del todo.
Y allí vio a una señora. ¡Parecía un hada de cuento! Llevaba un vestido azul precioso y tenía el pelo dorado como los rayos del sol.
—Buenos días, ¿quién es usted? —saludó Pedrito, y el hada se asustó un poquito.
—Hola, muchacho, soy el hada de la lluvia. ¿Cómo has llegado hasta aquí? Nadie conoce este sitio —dijo el hada, y echó algo en su caldero.
—Solo quería resguardarme de la lluvia. Entonces, ¿tú haces la lluvia? —preguntó Pedrito, muy curioso.
—Sí. Me basta con este caldero, que convierte una gota de agua en una llovizna fina, unas cuantas gotas en lluvia y un cuenco de agua en una gran tormenta —le explicó el hada a Pedrito, y él lo miraba todo con admiración.
—Ahora tengo que ir a por unas hierbas. Pórtate bien, vuelvo enseguida —dijo el hada, y Pedrito se acercó al caldero para verlo de cerca. Pero en la cabeza le rondaba una idea: ¿qué pasaría si, en vez de agua, echara al caldero otra cosa? Una lluvia de caramelos sonaba maravillosa. Y le dio tantas vueltas que al final se sacó del bolsillo un caramelo que le había dado la abuela y lo echó al caldero. Luego corrió a la ventana y… ¡pues sí! Del cielo caían caramelos. Pedrito los atrapaba con las manos y se llenaba los bolsillos de dulces todo lo que podía.
—¿Pero qué has hecho, muchacho? ¡La gente va a pensar que se ha vuelto loca! Ahora tengo que apagar el fuego y limpiar todo el caldero —se lamentaba el hada, y a Pedrito le dio pena haber armado aquel lío. Pero ayudó al hada para que el caldero volviera a hacer solo lluvia, y aquella lluvia de caramelos se le quedó para siempre en la memoria.
Fue su recuerdo más maravilloso de aquellas vacaciones de verano.
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