
Cuentos para dormir
Elena y el hada del bosque
Elena era una niña más o menos de tu edad. Tenía el pelo rubio con unos rizos preciosos, los ojos marrones como el chocolate y siempre una sonrisa en la cara. Era una niña cariñosa y buena. Vivía cerca de un bosque y pasaba allí muchísimo tiempo. Le encantaba observar a los animales o simplemente pasear y escuchar a los pajaritos cantar. Pero justo aquel día no paseaba completamente sola.
Muy temprano, una niebla fría se arrastraba por el bosque. Los animalitos todavía dormían o acababan de salir de sus madrigueras. A principios de marzo solía hacer frío. Elena iba dando saltitos por el bosque y recogía piñas para llevarlas al comedero de los corzos, para que estuvieran a gusto. Cuando se agachó a recoger unas agujas de pino, una vocecita la llamó: —¡Hola, Elena! ¿Qué tal estás hoy?
La niña se asustó. Dio un salto hacia un lado y miró a su alrededor. No vio a nadie. —Aquí abajo. Debajo de las agujas. Mira bien —volvió a decir la vocecita. Elena miró al suelo. Junto a sus pies, en un montón de ramitas que pinchaban, vio a un hada pequeñita. El hada la saludó con la manita y empezó a decir: —Soy el hada del bosque. Hace mucho que te observo. Eres mañosa y buena. Ayudas a los animalitos. Yo tengo poderes mágicos. Por eso quiero darte un premio por lo bien que tratas al bosque. Mira, aquí tengo unas cuantas cosas.
La pequeña hada sacó del bolsillo una servilleta, un garrote, un sombrerito y una bolsita para monedas. —Toma, todo esto es para ti. Aquí lo tienes —le dijo el hada, estirando las manos. —¿Y qué hago con esto? —preguntó Elena. —¡Pues usarlo, claro! Te pueden ayudar mucho en la vida. Son objetos mágicos. Mira, te los enseño —siguió el hada, y fue tomando un objeto detrás de otro.
Primero tomó la servilleta. La extendió en el suelo y dijo: —¡Servilleta, ponte! Pero, en lugar de llenarse de comida, la servilleta se enrolló como un churro, empezó a dar saltos por ahí y buscaba a algún pillo al que darle una buena carrera. —¡Esto sí que no me lo esperaba! —dijo el hada. Luego tomó el garrote y dijo: —¡Garrote, sal del saco! El garrote sí que salió del saco, pero, en vez de buscar a alguien malo y darle su merecido, se puso a bailar sobre la hierba y a hacer aparecer comida. El hada no salía de su asombro.
—No puede ser, estas cosas lo hacen todo al revés —repetía el hada del bosque, sin dejar de negar con la cabeza. Y lo mismo pasó con la bolsita y el sombrero. Del sombrero caían monedas, y la bolsita servía para volverse invisible. El hada del bosque se llevó las manos a la cabeza: —Lo he estropeado todo. Los objetos mágicos se han cambiado los poderes. ¿Qué voy a hacer ahora? Lo he liado todo. Quería premiarte. Ayudarte. Y ahora no puedo. ¡Ay, madre! Y mientras el hada estaba desolada, Elena solo sonreía.
—Pero, hada, si no pasa nada. Es muy bonito que quisieras hacerme un regalo. Me encantarán los regalos aunque tengan los poderes mágicos cambiados. Así me reiré cada vez que los use. Y me acordaré de ti. No te pongas triste, de verdad —la consolaba Elena.
—Elena, qué buena eres. De verdad. Aquí tienes todos los objetos mágicos y espero que, aunque estén liados, te ayuden. Nunca olvidaré lo cariñosa que has sido conmigo y que no te hayas enfadado —dijo el hada, y le dio a la niña todos los objetos mágicos. Luego desapareció otra vez entre las agujas de pino. Elena se puso muy contenta. Siempre llevaba los regalos a mano. Los llevaba a todas partes. Aprendió a hacer magia con ellos y nunca olvidó a la simpática y despistada hada del bosque. Incluso a veces le parecía verla entre las agujas de pino.
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