
Cuentos para dormir
El hada Mariposa
Érase una vez un prado lleno de florecitas preciosas. Y debajo de una de aquellas florecitas rosas vivía un hada bellísima que se llamaba Amelia. Esta hada tenía unas alitas de un rosa precioso con forma de mariposa, y por eso sus amigas las hadas la llamaban muchas veces «Mariposa».
Amelia, o sea, Mariposa, era un hada muy guapa y las otras hadas le tenían envidia muchas veces por lo bonita que era. Pero aunque Amelia era muy bonita, estaba triste, porque no tenía voz. Ya lo había probado todo: intentaba hablar, cantar, pero no lo conseguía nunca. Amelia, la del pelo rubio, deseaba muchísimo tener algún día voz como las demás hadas.
Un día de primavera, mientras los pajaritos piaban en lo alto del cielo y las hadas jugaban alegres y daban saltitos sobre los pétalos, una tormenta muy fuerte interrumpió su baile. El cielo azul se llenó de nubes negras y unas gotas gordas caían deprisa sobre las briznas de hierba y los pétalos, que se pegaban por el peso del agua. Las hadas y los demás bichitos del prado intentaban esconderse, pero estaba oscuro y no veían nada. Las hadas ni siquiera podían echar a volar, porque ni las abejitas, ni las mariposas, ni las hadas saben volar con lluvia. Las hadas tenían mucho miedo y empezaron a huir de las gotas sin saber adónde ir.
Con las prisas, Amelia se separó de sus amigas. Pero la pequeña hada encontró un pétalo enorme de tulipán y se escondió debajo. Tiró de otro pétalo de tulipán hacia ella para hacerse un refugio más grande contra la tormenta, e intentó sacudirse las gotas de sus alitas rosas y brillantes. Era muy lista. Cuando sus preciosas alas se secaron, intentó echar a volar para llamar a sus amigas a su escondite, pero no sabía volar entre las gotas, y como no tenía voz, tampoco podía llamarlas. Se sentía fatal viendo desde lejos cómo sus amigas corrían tristes entre las briznas de hierba sin ver a Amelia. Lo intentaba con todas sus fuerzas, pero no le salía ni un hilito de voz.
—Prueba a cerrar los ojos, respira hondo y créetelo con todo tu corazón —le aconsejó una mariposa que había venido a refugiarse con ella. La mariposa le tomó la manita, se la apretó fuerte y le repitió el consejo. Amelia asintió en silencio, respiró hondo, cerró los ojos y creyó que conseguiría sacar aunque fuera una vocecita. Por la mejilla le rodó una lagrimita. Era una lágrima de felicidad. —¡Venid a esconderos conmigo! —consiguió decir por fin Amelia, con una vocecita suave. Las otras hadas la vieron enseguida y corrieron a esconderse con ella. —¿Cómo es posible? ¿Ya hablas? ¡Es maravilloso! —le preguntaban sorprendidas, y se alegraban con ella.
Las hadas se pusieron a secarse las alas debajo del pétalo y empezaron a bailar de alegría con Amelia. Amelia no entendía cómo había pasado. Se dio la vuelta para darle las gracias a la mariposa, que se había posado a su lado, pero allí no había nadie. Qué curioso. ¿Había sido de verdad o solo en su cabeza?, se preguntaba.
Pero no importaba si la mariposa había sido de verdad o no. Lo importante era que la pequeña hada había empezado a creer en sí misma. Era la esperanza que le había llegado incluso en medio de aquella tormenta oscura. La esperanza, con forma de mariposa, dentro de ella. Y es importante creer, y ella creyó con tanta fuerza que lo consiguió. Si no, sus amigas no la habrían oído y quién sabe cómo habría acabado todo.
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