
Cuentos para dormir
El lago de lágrimas
Érase una vez una princesa que se llamaba Malvina. Pero Malvina estaba muy triste. Y es que estaba muy enamorada del príncipe Jonatán, del reino vecino.
Pero cuando su padre se enteró, no le dejó casarse con él hasta que el príncipe Jonatán le trajera tres pelos de Lucifer. ¡Pero es que Lucifer era el diablo! Y los diablos viven muy lejos, en lo más hondo de la tierra, donde ningún ser humano puede poner el pie.
Jonatán se puso en camino, y la pobre Malvina se escapó de casa de su padre a lo más profundo de las montañas. Allí anduvo perdida tres noches y tres días, hasta que, agotada, se sentó en una piedra y se echó a llorar. Y lloró y lloró. Días y noches enteros. Parecía que sus lágrimas no se acababan nunca, que se le había roto el corazón. Y las lágrimas caían al valle que había a sus pies y lo iban llenando.
De pronto, delante de ella apareció un diablo. El mismísimo Lucifer. —Tu Jonatán está conmigo, querida princesa. Lo soltaré si me haces un lago aquí, justo donde empezaste a llorar. ¡Vendré a bañarme siempre que me apetezca!
—¿Pero cómo? ¡No soy capaz!
—Cómo lo hagas es cosa tuya. Tú hazlo, o no volverás a ver nunca a tu querido Jonatán.
La princesa intentó traer agua del arroyo, pero era inútil. ¡Era como una gota en el mar! Podría pasarse años acarreando agua y aun así no llenaría el lago. Así que se sentó en la piedra donde había llorado antes y volvió a echarse a llorar. Lloró toda la noche y, cuando por la mañana miró delante de ella, vio que el valle estaba tan lleno que ya se podía uno bañar en él.
El diablo cumplió su promesa y soltó a Jonatán, y él se casó con Malvina. Y todavía hoy ninguno de los dos entiende qué clase de hechizo llenó el lago de lágrimas.
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