
Cuentos para dormir
El pobre perrito carlino
En una ciudad andaba vagando un perrito pequeño. Era de raza carlino, así que era pequeñito y regordete, con las patitas cortas, el cuerpo fuerte, el hocico chato y unos ojos grandes y redondos. No tenía nombre, porque no era de nadie. Y nadie lo quería. Vagaba por la ciudad solito.
A menudo le sonaban las tripas, porque ni siquiera tenía su cuenquito donde alguien le pusiera la comida. Por eso se acercaba a la gente, a ver si le daban algún bocadito.
Un día estaba lloviendo y el carlino no tenía dónde refugiarse. Tenía frío. Cuando vio a una señora muy elegante con sombrero, se fue detrás de ella. Ella ni se fijó en él. Hasta que, ya en la puerta de su casa, vio en el suelo a un animalito mojado y hecho un ovillo.
—¿Y tú qué eres? —preguntó arrugando la nariz. Tocó al perrito con cuidado con un dedo, pero enseguida apartó la mano—. ¡Puaj, estás mojado y sucio!
El perrito movió la colita, contento. Creía que la señora iba a jugar con él, que le daría de comer y que a lo mejor lo dejaría en algún sitio donde no le cayera encima la lluvia fría. Pero se equivocaba.
—¡Largo de aquí, que no te quiero! Eres feo. Tienes los ojos saltones como una mosca, el cuerpo rechoncho como un muñeco de nieve y seguro que roncas por la noche. ¡Fuera!
El perrito agachó las orejitas y se fue corriendo. Pero delante de la casa de al lado estaban justo una mamá y su hija, la pequeña Amalia. Habían oído a la señora refunfuñar y luego vieron al perrito carlino que corría hacia ellas.
—¡Ay, un perrito! —gritó la pequeña Amalia, y lo estrechó entre sus brazos—. Creo que está un poquito sucio.
—Pero es precioso. Pobrecito, seguro que no tiene dueño —dijo mamá.
El perrito la miró con la cabecita ladeada. ¿De verdad había dicho que era bonito? Si la señora de antes había dicho que era feísimo.
—No eres nada feo —le seguía diciendo Amalia al perrito, como si supiera lo que estaba pensando—. Esa señora se estaba describiendo a sí misma. Si ella también ponía los ojos saltones como un sapo viejo. Y seguro que también ronca por la noche.
—Pero, Amalia, así no se habla de la gente —la regañó mamá.
—Pero si tengo razón. En la escuela infantil nos dijo la seño que no hay que juzgar a los demás por su aspecto. Y además, esa señora mentía. Este perrito es precioso. ¿Nos lo quedamos? ¿Sí? ¿Nos lo quedamos?
—Si no aparece su dueño, se puede quedar con nosotras —decidió mamá.
—¡Bien! ¡Y se va a llamar Jerry!
Y así fue como el pequeño perrito carlino tuvo su propio cuenquito, comida rica y su propia camita. Vivía calentito, dormía con su familia en la cama y nunca más volvió a oír que era feo. Por fin había encontrado a gente que lo quería tal como era.
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