
Cuentos para dormir
La ardilla que no tuvo tiempo de guardar provisiones para el invierno
La ardilla Vero era preciosa, pero un poco presumida y perezosa. Tenía un pelaje rojizo precioso y unos ojitos que hechizaban, como dos cuentas. —Por fin voy a estar sola del todo y podré pasarme el día entero mirándome en la fuente, a ver lo guapa que soy —se decía Vero.
Su primer año sin mamá era todo un acontecimiento. ¡Por fin nadie le iba a pedir nada! Siempre era lo mismo: ve a por avellanas, que hay que guardar provisiones; ayúdame a recoger el nidito; siempre algo. —¡Pero a partir de ahora todo va a ser distinto! ¡Voy a hacer lo que me dé la gana! —pensaba Vero, y así fue: se pasaba los días enteros mirándose y admirando lo guapa que era. A veces iba a buscar alguna avellana cuando tenía hambre, pero no muy a menudo. Tenía el nidito todo desordenado, pero no le importaba lo más mínimo. —No entiendo para qué teníamos que recoger avellanas y ordenar. ¡Eso no sirve para nada, si cuando tengo hambre hay comida de sobra por todas partes! —Y mordisqueaba su avellana, se admiraba y, por lo demás, se pasaba el día tumbada en su nido.
Pero el otoño pasó, cada vez quedaban menos avellanas y Vero descubrió que, de repente, no tenía nada que comer. No había mullido el nidito ni lo había preparado para el invierno, y estaba tan desordenado que ni siquiera podía estirarse a gusto. Pensaba que ya aguantaría como fuera, que el invierno no podía ser tan largo. Pero se equivocó. Los primeros días todavía encontraba algo por aquí y por allá, pero a la semana se dio cuenta de que ya no tenía nada que comer de verdad, de que tenía frío, y se puso triste. —¿Por qué no lo haría como me enseñó mamá? Ahora me arrepiento. Tenía que haber guardado provisiones, pensaba que siempre habría avellanas de sobra.
Vero se puso a ordenar su casita y a mullir un poco el nidito. —¡Ya que voy a pasar hambre todo el invierno, por lo menos que sea a gusto! —se decía la ardilla, cansada y hambrienta. ¡Pero entonces se llevó una sorpresa! Mientras ordenaba, ¡encontró un montón de avellanas olvidadas! No había para todo el invierno, pero sí para recuperar fuerzas. Comió y decidió ir a visitar a su mamá y preguntarle si tenía algunas provisiones también para ella.
Fue dando saltitos hasta el nidito donde habían vivido juntas. En cuanto su mamá la vio, le dijo: —¡Ya te estaba esperando, Vero! Aquí tengo unas provisiones para ti, ¡y la próxima vez no seas tan presumida y recógelas tú solita! —Vero le dio las gracias de todo corazón y, desde entonces, nunca se le olvidó ordenar y guardar provisiones antes del invierno.
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