
Cuentos para dormir
El rey Cipriano
Érase una vez, más allá de los montes y los valles, un rey que vivía en un gran castillo. Se llamaba Cipriano. Era un rey bondadoso y honrado. Era todavía muy joven, porque su padre había muerto en una batalla, pero era muy responsable. El joven rey Cipriano tenía un gran reino y un montón de riquezas, pero lo más importante para él era que a su pueblo le fuera bien. Por eso la gente le llevaba toda clase de regalos que hacía con sus manos y lo alababa por lo generoso y amable que era. Siempre ayudaba a todo el mundo.
Ser amable y bueno es algo muy valioso, pero a muchos reyes les falta. Muchos reyes solo piensan en grandes riquezas, en ganar batallas o en tener muchas tierras. Pero en el rey Cipriano no encontraríais ni vanidad, ni avaricia, ni orgullo. Sus padres lo habían educado muy bien. Por eso Cipriano era el rey más amable de toda la comarca. Y no solo con las personas, también con los animalitos. Le encantaba que por la mañana lo despertaran los pajaritos, a los que siempre dejaba unas miguitas en el alféizar. O que a su jardín real llegaran palomitas o conejitos. Siempre los recibía contento y les daba algo de comer.
Lo único que le faltaba al buen rey era una buena reina. En los bailes había conocido a muchas mujeres hermosas, pero ninguna era la adecuada. Todas querían solo oro, vestidos bonitos y fama. Él esperaba conocer algún día a una muchacha que lo quisiera no por su castillo ni por sus riquezas, sino por su corazón, y que así fuera una buena reina.
Un día, el rey Cipriano salió a dar un paseo por su valle y pasó algo que no esperaba. Iba al trote en su valiente caballito y cruzó el patio del castillo, adornado con preciosas rosas rojas que llegaban hasta la puerta.
—¡Arre, arre! —decía con decisión. Salió por la puerta y recorrió con cuidado las callejuelas del reino, donde la gente trabajaba con esmero en sus oficios. Detrás del rey trotaban despacio sus dos fieles guardianes. El rey pasó por las calles retorcidas, entre casitas de ladrillo y de madera, y se fue al bosque. Le encantaba el olor del bosque y aquel aire tan limpio. Por todas partes piaban los pajaritos, y a lo lejos se oía hasta el aullido de un lobo.
Iba trotando por un sendero del bosque cuando, de repente, apareció delante de él una cervatilla preciosa. Pero cojeaba. El rey se acercó un poco más y le pareció que tenía algo clavado en la pata. Cipriano se detuvo, bajó de un salto del caballo y se acercó con mucho cuidado para no asustar a la pequeña y miedosa cervatilla. Quería ayudarla. Cuando ya estaba casi a su lado, uno de sus guardianes, los caballeros que protegían al rey, disparó una flecha a la cervatilla.
¡Ay, no, eso no! —¡¡No!! —gritó el rey—. ¡Parad! ¡No disparéis, que es una cría! —Y les echó a sus caballeros una mirada muy seria. Pero la flecha había alcanzado a la cervatilla. La pequeña cervatilla marrón cayó al suelo.
El rey Cipriano cayó de rodillas a su lado: —Por favor, por favor, cúrate —le dijo el joven rey, y le pidió perdón por lo que habían hecho sus caballeros sin pensar. Y en cuanto una lágrima sincera de pena cayó sobre la cervatilla herida, ella se curó de golpe.
«Un milagro», pensó el rey. No se podía creer lo que veía, pero estaba muy agradecido. Se levantó de un salto, feliz, y vio cómo la cervatilla volvía corriendo a lo más espeso del bosque. Ya iba a montar en su caballo para volver al reino cuando, de pronto, la cervatilla regresó de entre los arbustos. Y no venía sola. A su lado había una muchacha joven y hermosa. El pelo rubio le caía hasta la cintura y llevaba un vestido blanquísimo. Parecía un hada del bosque. Pero alas no tenía.
¿Y quién sería aquella misteriosa muchacha? Eso, niños, lo sabremos en la próxima parte.
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