
Cuentos para dormir
La fábula de la zorra, las moscas y el erizo
Había una vez una zorra que acechaba a unos conejitos pequeños. Tenía hambre y quería comérselos. Pero apareció un ciervo, el guardián del bosque, que echó a la zorra y le dio unos buenos golpes con su cornamenta. La zorra huyó de él hasta que llegó a un río.
La corriente era bastante fuerte, pero cuando miró hacia atrás, vio al ciervo que venía corriendo a por ella. Sin pensárselo más, saltó al agua y empezó a nadar hacia la otra orilla.
Pero no era nada fácil. La corriente rápida tiraba de la zorra una y otra vez hacia el fondo, pero al final, con fuertes brazadas de sus patas, la zorra consiguió llegar a la otra orilla. Allí se tumbó en la hierba, agotada, jadeando.
Pronto apareció un enjambre de moscas que se alimentaban de la sangre de los animales. Las moscas se posaron sobre la zorra y empezaron a chuparle la sangre. La zorra estaba todavía demasiado débil para huir de ellas, así que se quedó tumbada, quieta y callada.
Pasó por allí un erizo. Cuando lo vio, enseguida le dio pena la zorra.
—Deja que te espante esas moscas —le dijo a la zorra.
—¡No, no! —exclamó la zorra—. No las molestes, por favor. Ya están llenas, no me chuparán más sangre. Pero si las espantaras, me temo que vendría otro enjambre hambriento y me chuparía la sangre que me queda.
—Ya veo —dijo el erizo— que prefieres aguantar un mal pequeño antes que arriesgarte a uno mayor.
Aquí termina la fábula que todos conocen. Pero la nuestra no, porque nuestro erizo era un erizo listo. Fue hasta el borde del bosque, donde vivían unas personas que rescatan animales salvajes, y las llevó hasta la zorra herida. Aquellas personas curaron a la zorra y luego la soltaron otra vez en el bosque, donde hoy vive feliz con su nuevo amigo, el erizo.
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