
Cuentos para dormir
La gallinita que quería volar
En la granja había muchos animales. Cerditos, ovejas, cabras, una vaquita, un perro, un gato, gallinas y un gallo. Una de las gallinas, a la que los demás animales llamaban Pintita, tenía un sueño muy poco corriente. Quería aprender a volar.
Pintita se pasaba los días mirando al cielo y admirando a los gorriones, las palomas y los herrerillos, que volaban por encima de su cabeza disfrutando de su libertad, mientras ella tenía que estar encerrada en el corral y solo podía moverse con sus patitas cortas y torpes. Todas las demás gallinas conocían su sueño y se burlaban de ella.
—¡Pero qué tonta eres! ¡Vaya sueños! ¡Mejor sueña con poner muchos huevos! —Pero la gallinita no hizo caso y decidió que, si entrenaba, seguro que aprendería a volar. Así que batía las alas y se impulsaba despacito con una pata. Todo el corral la miraba y se reía de ella. Los cerditos, las ovejas, las cabras, la vaquita, el perro, el gato, las demás gallinas, el gallo, y hasta el granjero con su nieto. Pero la gallinita no se rendía y seguía entrenando.
Al cabo de un mes le pareció que ya lo tenía bastante entrenado, así que subió corriendo a una escalera y saltó desde el primer peldaño. ¡Saltó y no le pasó nada! Entonces subió al segundo peldaño, saltó y tampoco le pasó nada. Hasta batió un poco sus alitas cortas. Pintita se lo creyó y pensó que ya sabía volar. Los demás intentaron quitárselo de la cabeza, pero no hubo manera: subió al último peldaño de la escalera y quiso echar a volar. Saltó, pero sus alitas no bastaron.
Pintita cayó al suelo y se rompió una pata. Le dolía taaanto aquella pata que se dejó atrapar hasta por el granjero, y dejó que se la vendara. Y así, Pintita andaba por el corral con la pata vendada, y era la única gallina de toda la comarca que creía que podría aprender a volar. Está muy bien aprender cosas nuevas, pero no todo está hecho para nosotros. Las palomas, los herrerillos y los gorriones saben volar, sí, pero no saben poner unos huevos tan ricos como las gallinas. Y eso también lo comprendió Pintita. Nunca más quiso aprender a volar, aunque la pata rota siempre le recordaba aquel intento.
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