La isla de los dinosaurios y la búsqueda del manantial

Muy, muy lejos, en un mar, hay una isla hasta donde la vista humana no puede llegar. En los mapas parece igual que cualquier otra isla, pero en realidad es completamente distinta. Allí todavía viven dinosaurios, de los que la gente piensa que ya se extinguieron hace mucho tiempo. Allí también vive un pequeño dinosaurio llamado Dino, que apenas está empezando a descubrir cómo es su mundo. 

Una mañana se despierta antes que nunca; el sol apenas empieza a salir detrás de las colinas. Dino sale de su camita, donde duerme con su mamá, y va a beber de una charca cercana. Pero hoy le espera una sorpresa desagradable. La charca está casi vacía. El sol lleva varios días brillando con fuerza sobre todo el valle de los dinosaurios, y por eso el agua escasea. 

Al cabo de un rato, también llega su mamá. Cuando ve cuánta agua falta en la charca, le dice a Dino que tendrán que intentar encontrar una nueva fuente de agua. Dino se asusta un poco. Nunca se ha aventurado a otra parte de la isla que no sea donde viven. Solo sabe que allí van los grandes herbívoros, que tienen el cuello largo y a menudo pueden ver por encima de las copas de los árboles. Pero su mamá lo tranquiliza. Le dice que no tiene que tener miedo y que le mostrará cómo son las cosas en la parte desconocida de la isla. 

En el camino, mientras buscan el manantial, se encuentran con dinosaurios que Dino solo conoce por los dibujos. Junto a unos árboles antiguos, un grupo de dinosaurios de cuello largo está almorzando. Uno de ellos los mira un instante y les señala la dirección donde las hojas son un poco más verdes y podría haber agua. Dino ni siquiera se habría dado cuenta, pero su madre lo toma como una pista muy clara. 

Cuento de buenas noches - La isla de los dinosaurios y la búsqueda del manantial
La isla de los dinosaurios y la búsqueda del manantial

No muy lejos de allí, una cría de dinosaurio con plumas está probando su primer salto desde una piedra. Dino se detiene y observa cómo la cría reúne el valor. Al final salta; es un poco torpe, pero todo sale bien. Dino piensa que él también está aprendiendo algo, igual que ahora aprende cómo se vive en su isla. Y no tiene por qué tener miedo.  

Cuando llegan a las rocas, el aire es caliente y la hierba casi ha desaparecido. Dino ya está a punto de pensar que deben de ir en la dirección equivocada. Pero entonces percibe algo que quizá, en otro momento, ni siquiera habría notado. Es una suave corriente fría que, seguro, no la ha traído el sol ardiente. 

—Quizá… allí —dice, señalando entre dos piedras planas. 

Mamá se agacha y huele la tierra húmeda. —Tienes razón, aquí hay algo —susurra, y tras unos pasos encuentra una rendija estrecha entre las piedras, de donde se oye un suave murmullo de agua, más un susurro que una cascada. 

Cuando apartan la roca, descubren un arroyuelo que baja por las raíces de un árbol viejo y, en una pequeña hondonada, forma una bonita charca. Dino es el primero en beber. Disfruta del agua fría y dulce, y bebe a grandes sorbos. De repente, esa excursión a la parte desconocida de la isla le parece una tarea fácil. 

De regreso, caminan un poco más rápido para poder contar cuanto antes a los demás amigos y familiares que han conseguido encontrar agua. Los demás dinosaurios ya los observan desde lejos. Cuando ven sus sonrisas de oreja a oreja, empiezan a escucharse varios ruiditos cortos que suenan a alivio. La mayoría de ellos también buscó hoy otro manantial de agua, pero los demás no tuvieron éxito. 

Pero hoy, todos pueden irse a dormir tranquilos. Y si los próximos días también está seco y la charca sigue secándose, se trasladarán un poco más allá, al nuevo manantial que han encontrado entre las rocas. Incluso Dino se fue a la cama con una buena sensación y una tranquilidad especial. Hace unas horas, toda la isla le parecía enorme y un poco aterradora. Ahora ya no la veía como a una enemiga, sino como un lugar lleno de maravillas, y no podía esperar a descubrir qué encontraría la próxima vez.

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