
Cuentos para dormir
La princesa Elisabeth y sus dibujos mágicos
Más allá de siete ríos y siete montañas había un reino pequeñito, rodeado de bosques muy espesos. Allí vivían un rey sabio y su reina, y con ellos su hija, una princesa encantadora que se llamaba Elisabeth. Pero no era una princesa como las demás. Era diferente.
A todas las princesas les gustaba arreglarse, probarse vestidos y comportarse con elegancia. Elisabeth, en cambio, prefería los pantalones a los vestidos y a las faldas. Su precioso pelo negro y largo lo llevaba casi siempre recogido en una trenza. Y en lugar de ir a los bailes o pasear muy tiesa por los jardines, se quedaba en su habitación dibujando.
Y no eran unos dibujos cualquiera. Elisabeth dibujaba aventuras. Eran historias fuera de lo común: dragones que rescataban princesas, amigas que huían de lagartos gigantes o animalitos que ayudaban a salvar el bosque. Muchas veces se imaginaba que ella misma vivía todo aquello. Lo que más le gustaba era quitarse la corona de princesa y ponerse a dibujar. Lo que todavía no sabía era que sus dibujos podían cobrar vida.
Un día, después de una jornada agotadora en la que tuvo que estudiar, portarse con elegancia y cumplir con todo lo que se espera de una princesa, volvió a su habitación con muchas ganas de descansar. Se quitó el vestido, se puso algo cómodo y holgado y se tumbó en la cama con un papel y un lápiz. Echó a volar la imaginación y empezó a dibujar. En el papel fue apareciendo una selva misteriosa, llena de animales rarísimos: elefantes morados, monos a rayas y serpientes con patas. La princesa no se cortaba ni un pelo y dibujaba todo lo que se le ocurría. Cerró los ojos un momento para pensar qué más podía añadir a la historia… y entonces alguien le dio unos golpecitos en el hombro.
Cuando abrió los ojos, los animales que había dibujado estaban allí, en su cuarto. Elisabeth saltó de la cama, cerró a toda prisa la gran puerta de sus aposentos y corrió todas las cortinas para que nadie viera lo que pasaba dentro. Los animales la miraron y el elefante morado le dijo: —¿Qué miras, princesa? ¡Si siempre has querido vivir tus dibujos! Pues aquí estamos todos. Nos encanta cómo nos dibujas y queremos vivir una aventura contigo. ¡Vamos! —Le dio un empujoncito con la trompa y empezó la fiesta. Los animalitos jugaron con Elisabeth y la ayudaron a dibujar más amigos. Construyeron refugios y un reino entero de almohadas. La princesa era feliz. No tenía que llevar vestidos elegantes ni comportarse como una princesa. Con sus dibujos vivos volvía a ser una niña pequeña.
Cuando los animalitos volvieron al papel y otra vez fueron solo dibujos, ya era de noche. Elisabeth se puso su vestido de gala y se arregló para cenar con el rey y la reina. Pero esta vez no le importó. Sabía que las obligaciones reales también hay que cumplirlas. Al fin y al cabo, era una princesa. Y como era lista y obediente, sabía que de vez en cuando le tocaba portarse como tal. Pero también sabía que llegaría otra vez el momento de dibujar a sus amigos y disfrutar con ellos de cada instante.
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