
Cuentos para dormir
La princesa que esperaba
—Abuela, cuéntanos un cuento —le pidió Julita a su abuela una fría tarde de noviembre. Fuera no se podía hacer nada, así que Julita y sus amigos de la calle se metieron todos en la casita de la abuela. La abuela preparó un té calentito y les puso delante a los niños hambrientos unas empanadillas dulces.
La abuela se quedó pensando y miró a la pared. Allí colgaba un cuadro con unas delicadas florecitas azules pintadas. —¿Sabéis, niños, qué flores son estas? Los niños negaron con la cabeza. No las conocían. —Es la achicoria. ¿Y sabéis cómo nació? Os lo voy a contar.
»Había una vez una princesa. Estaba muy enamorada de un príncipe del reino vecino. El príncipe le prometió que vendría a buscarla, que se la llevaría y se casaría con ella. Pero le pidió que lo esperara un año. Solo un año, que pasa volando, le dijo.
»La princesa lo quería tanto que aceptó. Lo esperó meses y meses. Los meses se convirtieron en un año, y el príncipe no llegó. Llegaron otros príncipes que querían casarse con la princesa. Pero ella no quiso. Seguía esperando a su príncipe. Se sentaba en el jardín del palacio y miraba a lo lejos, al camino. Y de sus preciosos ojos azules le caían lágrimas. Pasó un año, y otro, y otro. Y del príncipe, ni rastro. Y la princesa seguía esperando.
»Una tarde, cuando la reina fue al jardín a llamarla para cenar, la princesa no estaba. Pero en el sitio donde solía sentarse crecían unas florecitas azules del color de los ojos de la princesa. La reina lo comprendió. Su pobre hija ya no había podido soportar más la pena y se había convertido en flor. Por eso la achicoria crece hasta hoy junto a los caminos y mira a lo lejos, como si todavía esperara a alguien, en recuerdo de la princesa de ojos azules, tan enamorada y tan desdichada.
La abuela terminó de contar. Los niños casi ni respiraban. No habían tocado las empanadillas y el té se les había quedado frío. —Pero, abuela —dijo Julita—, eso no era un cuento, porque los cuentos terminan bien. La abuela se encogió de hombros. —No hay mal que por bien no venga. Mira qué bonitas son esas flores. Nos recuerdan a una princesa que supo querer tanto que no rompió su promesa. Y ese es el final feliz.
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