
Cuentos para dormir
La Razón y la Suerte
Desde siempre se sabe que la Razón y la Suerte no paraban de discutir. No se llevaban nada bien. Un buen día, la Razón y la Suerte se encontraron en un caminito estrechísimo entre los campos, que iba de un gran castillo a una granja medio en ruinas. Y otra vez empezaron a pincharse la una a la otra. —Yo soy más importante para la gente que tú —dijo la Suerte. Pero la Razón le llevó la contraria enseguida y aseguró que era justo al revés.
Un poco más allá, un muchacho estaba arando su campo. Se llamaba Mateo. En cuanto la Razón y la Suerte lo vieron, decidieron que con él averiguarían quién de las dos tenía razón y era más importante para la gente.
Mateo araba y araba, cuando de pronto el arado tropezó con algo duro. Se paró y agarró una azada grande. Empezó a cavar y, de repente, algo lo deslumbró. ¡Era una bolsita llena de monedas de oro! —¡Pero qué suerte tengo hoy! —dijo Mateo con una sonrisa de oreja a oreja. Sin pensárselo, tiró la azada y echó a correr con la bolsita hacia la ciudad para comprarse las cosas que necesitaba. Pero de repente se paró y se puso a pensar. ¿No debería usar mejor ese dinero, o incluso guardarlo por si algún día lo necesitaba de verdad?
La Razón chasqueó los dedos y, de golpe, Mateo lo vio todo claro. —Aprenderé un oficio y seré el mejor jardinero de todo el reino —dijo muy contento.
Mateo se puso a aprender y, gracias al buen juicio que le había dado la Razón, conocía casi todas las plantas que le señalaba el jardinero que le enseñaba. Y así Mateo llegó a ser jardinero en el jardín del rey. La princesa y el rey se enamoraron enseguida del jardín. Y Mateo, de la princesa.
Un día, la princesa se pinchó con la espina de una rosa y Mateo le curó el dedito. Y quiso el destino que se pusieran a charlar y que la princesa también se enamorara de Mateo.
Al poco tiempo, Mateo le pidió al rey la mano de su hija, la princesa. En ese momento la Suerte creyó que le había ganado a la Razón, pero se equivocaba.
—¡Un hombre tan pobre no puede casarse con una princesa! —se enfadó el rey, y mandó encerrar a Mateo.
Pero la Suerte hizo que uno de los barrotes de la puerta de la celda cediera, y así Mateo pudo escapar. Cuando Mateo se dio cuenta, salió de la prisión y se fue derechito a ver al rey, porque era un muchacho muy sensato.
Le repitió al rey que quería a su hija y que deseaba casarse con ella. El rey se quedó sentado en su trono, asombrado de que Mateo no hubiera huido lejos y hubiera vuelto a verlo. Por eso se apiadó de Mateo y le dio permiso para casarse con su hija.
La boda fue por todo lo alto, y allí se presentaron la Razón y también la Suerte. Y otra vez se pusieron a pincharse. La Razón pensaba que todo había salido bien gracias a ella, y la Suerte pensaba que el final feliz era gracias a la suerte que le había dado a Mateo. Pero vosotros seguro que sabéis que la Razón y la Suerte tienen el mismo mérito en este final feliz.
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