
Cuentos para dormir
La urraca que cayó en la trampa
A todas las urracas les encantan las cosas brillantes, eso lo saben hasta los niños más pequeños. Y la urraca de nuestro cuento no era ninguna excepción. Robaba todo lo que podía: joyas, monedas, piedras preciosas, y hasta le quitó a un arrendajo una plumita de su nido. En fin, era insoportable. Los demás animalitos le llamaban la atención y le explicaban que aquello no estaba bien, y la urraca siempre prometía que dejaría de robar, pero al poco rato ya volaba otra vez sobre el bosque con cadenitas brillantes en el pico.
—Esto no puede seguir así —se dijo una tarde la sabia lechuza, que desde el hueco de su árbol veía muy bien el nido de la urraca, lleno de cosas robadas—. Tenemos que inventar un truco para que la urraca aprenda que robar no está bien. —Se pasó toda la noche pensando qué podría prepararle a la urraca, pero no se le ocurría nada. Hasta que por la mañana, cuando ya iba a meterse en su hueco para echarse una buena siesta, le llamaron la atención unas gotas de rocío que brillaban a lo lejos, en el prado. ¡Eso podía ser!
A la tarde siguiente, la lechuza llamó a la urraca a su árbol y le susurró con voz misteriosa: —Urraca, hoy me he fijado en que allí a lo lejos, en el prado, brillaba con el sol de la mañana un montón de piedras preciosas. Deberías ir a verlas mañana temprano. ¡Seguro que te gustan y que te llevas unas cuantas a tu nido! —La urraca no se lo podía creer. Estaba tan impaciente que no podía ni dormirse, ¡ojalá fuera ya de día! En cuanto asomó entre las nubes el primer rayito de sol y espantó la oscuridad, la urraca salió volando hacia el prado que le había señalado la lechuza.
Y era verdad: ya desde lejos, todo el prado brillaba con un montón de piedras preciosas. Nada más llegar al borde del prado, la urraca bajó en picado y dio un picotazo a la primera piedra preciosa. Pero ¡ay!, en el piquito no le quedó nada. Lo intentó otra vez, y otra, y otra, pero la bolita brillante parecía esfumarse siempre. Poco a poco la urraca empezó a darse cuenta: ¡había caído en la trampa!
—¡Si esto no son piedras preciosas, si es rocío y nada más! —gritaba hacia el hueco de la lechuza. ¿Y la lechuza? Ella solo sonreía con picardía, escondida en su hueco.
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