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Las águilas invencibles y el ratonero Ricardo – cuento para niños

Cuentos para dormir

Las águilas invencibles y el ratonero Ricardo

Marita P.11 de junio de 20265 min de lecturapara preescolar

En lo alto de las montañas, sobre el valle negro, vivía un grupo de águilas. Tenían los nidos muy juntitos. Lo hacían todo juntas. Volaban sobre el valle negro siempre en grupo y nunca se separaban. Se llamaban a sí mismas las invencibles. Querían mandar en todo el valle negro y también en las montañas. Nunca dejaban entrar a nadie en su grupo. Y nadie se atrevía siquiera a pedírselo. Bueno, nadie… menos un pequeño ratonero.

Era un pajarito chiquitín. Pero, aunque era pequeño, tenía mucho valor y mucha cabeza. Aquel ratonero se llamaba Ricardo. Estaba solo. No tenía bandada ni familia. Y eso quería cambiarlo. Sería mucho más divertido tener amigos alrededor. Y, sobre todo, más seguro.

Así que un día Ricardo decidió intentar hacerse amigo de las águilas. ¿Qué más daba que solo fuera un ratonero? Todos eran pájaros, todos tenían pico y alas. ¿A qué venía eso de separarse en grupos?

Cuando empezaba a oscurecer, Ricardo se acercó despacito a las rocas. Al poco rato vio a las águilas, grandes y preciosas, preparándose para dormir. Voló hasta ellas sin hacer ruido y preguntó con timidez: —Hola, soy Ricardo y estoy solo. ¿Puedo dormir aquí con vosotras? ¡Por favor! No quiero pasar la noche solo.

Las grandes aves lo miraron sorprendidas y la más grande soltó enseguida: —¿Pero tú qué te has creído? ¿Que aquí damos cobijo a cualquier pajarillo? Ya puedes olvidarte, aquí solo dormimos nosotras. Las aves más fuertes. ¿Acaso eres un águila? No. Pues fuera.

El ratonero Ricardo se puso triste. Pero no quería dar problemas, así que se apartó un poco. Eso sí, no pensaba rendirse. Y durante mucho tiempo anduvo rondando por allí, cerca del grupo que mandaba en el valle. A veces se dejaba ver y otras simplemente las observaba de lejos. Tenía tantas ganas de pertenecer a algún sitio… Deseaba tanto tener unos amigos tan valientes… Y seguía sin entender por qué no lo aceptaban.

Un día, mientras Ricardo vigilaba a las águilas y revoloteaba disimuladamente a su alrededor, vio que la más grande se acercaba a algo muy raro. Parecía comida, y de la buena. Pero aquello no era del bosque. Alguien lo había tirado allí, o lo había dejado a propósito. Alguna persona. El águila ya iba a atraparlo con el pico cuando, de pronto, el valiente ratonero saltó justo delante de ella. —¡Por favor, no te lo comas! Es veneno. De verdad, créeme. Lo conozco. Lo noto por el olor. Yo vengo del campo que hay detrás de las grandes rocas, y allí algunas personas también lo ponían para envenenar a los pájaros —le soltó Ricardo de corrido.

Al principio el águila se enfadó: otra vez ese ratonero pesado molestándola. Y encima diciéndole lo que tenía que comer. Ya iba a echarle una buena bronca cuando llegó volando un buitre enorme. Era el ave más grande de todas las que vivían entre las rocas. Se posó en unas piedras cerca de las águilas y del ratonero y dijo: —Es verdad, águila. Este pájaro pequeño tiene razón. Es veneno. Yo también lo conozco. Ese pajarillo con el que siempre te enfadas te acaba de salvar la vida. Sé agradecida. Acéptalo en tu grupo, se lo merece.

Luego el buitre extendió sus enormes alas y se marchó volando. Era un ave solitaria, y todos en el valle y en las rocas le tenían mucho respeto. El águila se dio cuenta de que el buitre tenía razón. Aquel pequeño ratonero le había salvado la vida. Las demás del grupo también lo reconocieron. Así que el águila miró al pequeño valiente que tenía delante y le dijo: —Ven, pequeñín, eres uno de los nuestros.

—Me llamo Ricardo —susurró tímidamente el ratonero, y se unió al grupo tan contento. Por la noche, cuando todos se preparaban para dormir, Ricardo se acurrucó a gusto en su sitio de honor y se dijo bajito: —Si es lo que yo digo siempre: un pájaro es un pájaro, todos tenemos pico y alas. Tenemos que estar unidos. —Duérmete ya, pequeñín —dijo la gran águila que estaba a su lado. Se fue quedando dormida con una sonrisa. Estaba contenta de que un pájaro tan pequeño y tan valiente le hubiera enseñado lo importante que es ayudarse y no apartar a nadie.

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