La zorra y la cigüeña

En un bosque vivía una zorra. Al borde del bosque había un estanque y allí vivía también una cigüeña. Un día, los dos se hicieron amigos. Y como a su nuevo amigo, la zorra invitó a la cigüeña a cenar.

«No sería yo misma si no le preparase alguna travesura», pensó sensatamente la zorra. Y ya se devanaba los sesos pensando qué le haría a la cigüeña durante la cena. Y entonces ocurrió: ¡una idea que solo podía nacer en la pelirroja cabeza de una zorra! Solo de pensarlo, la zorra ya se reía para sus adentros.

Por la noche, cuando llegó la cigüeña, la zorra sirvió una papilla líquida en platos llanos. Ella misma empezó enseguida a lamer la papilla del plato. Pero la cigüeña, con su largo pico, no pudo llevarse ni un solo bocado del plato llano. Naturalmente, la zorra lo sabía y lo había preparado así a propósito. Ella seguía relamiéndose y le decía a la cigüeña: «Come, ¿por qué no comes?» ¿No te gusta la papilla que he preparado?» La cigüeña aún lo intentó un poco más, pero por desgracia no consiguió comer nada.

Cuento para dormir - La zorra y la cigüeña
La zorra y la cigüeña

Vaya, qué pena que hoy no hayas probado la papilla. Estaba realmente deliciosa. Bueno, quizá la próxima vez tengas más apetito,» le dijo la zorra con fingida amabilidad.

Sí, seguro que la próxima vez será mejor. Te invito mañana a cenar en compensación,» respondió la cigüeña. Aunque a la zorra le sorprendió y molestó bastante que la cigüeña no se enfadara tras una travesura tan grande, aceptó la invitación. Quién rechazaría una cena gratis… Después, la cigüeña hambrienta se marchó a casa.

Al anochecer del segundo día, la zorra llegó a la casa de la cigüeña para disfrutar de una buena comida en casa de su nuevo amigo, la cigüeña. Ya desde la puerta percibía aquel aroma… La cigüeña sin duda había preparado una exquisita delicia. Y así era. Había cocinado una estupenda sopa de pescado. La zorra se acomodó y se relamía golosamente. La cigüeña colocó delante de ella un jarro alto y muy estrecho, perfecto para el largo y delgado pico de una cigüeña.

—Vamos, zorra, sírvete; hoy la sopita de pescado me ha quedado especialmente buena —la animó la cigüeña. Pero la zorra lo intentó, ¡y de qué manera! Sin embargo, no consiguió comer del cántaro. Se enfadó tanto que se le erizaron todos los pelitos.

¿Por qué te enfadas, querida amiga? Solo te he devuelto la hospitalidad de la misma forma. Así como me serviste tú a mí, así lo he hecho yo contigo. ¿Qué es lo que no te gusta de eso?

Con eso acorraló a la zorra, pues no tenía nada que responder. Pensaba que era muy experta en gastar bromas y que podía reírse de todos los que caían en sus trampas, pero esta vez alguien la había vencido a ella. De repente, ya no le parecía tan buena idea burlarse de un amigo. Bueno, qué le vamos a hacer, hoy se irá a dormir con hambre.

Después de aquello, la cigüeña y la zorra se invitaron muchas veces mutuamente a cenar, pero siempre lo hicieron de manera amistosa y se trataron como corresponde.

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