El rico y el pobre

Érase una vez dos hermanos. Aparte del aspecto, no tenían mucho en común. Uno era tremendamente rico y el otro tan pobre como una rata. El hermano rico se llamaba Václav. Un día, pidió a su hermano pobre Jaromír que vigilara las gavillas en el campo. Entonces Jaromír fue y vigiló.

De pronto vio a una figura femenina vestida de blanco, casi translúcida, que recogía espigas olvidadas en el campo y las añadía a los haces.

«¿Quién eres tú?» preguntó Jaromír acercándose a ella con inquietud.

«Yo soy la suerte de Václav. Le ayudo para que todo le salga bien», dijo la figura, y siguió recogiendo con esmero las espigas que quedaban, para que el hermano rico tuviera aún más trigo.

«¿Suerte? Pues se la deseo a mi hermano. ¿Acaso no está también mi felicidad en algún lugar del mundo?», respondió Jaromír con una sonrisa.

La figura recogió rápidamente las últimas espigas y luego le dijo a Jaromír: «Sigue por este camino, hacia donde sale el sol.» Allí encontrarás tu felicidad». Apenas terminó de decirlo, desapareció de inmediato.

Cuentos cortos para niños - El rico y el pobre
El rico y el pobre

Jaromír estuvo pensando en todo ello el resto del día. A la mañana siguiente decidió que iría hacia el este y trataría de buscar allí su felicidad. Casi estaba saliendo de su casita cuando, de pronto, una figura gris vestida con harapos saltó sobre su espalda desde detrás de la estufa y gritó: «No puedes irte a ningún sitio sin mí.» ¡Me quedaré contigo para siempre! 

¿Y tú quién eres? Jaromír ya no entendía nada. —Soy tu miseria. He vivido plácidamente contigo durante tantos años y nunca te abandonaré —le explicó enseguida aquella figura gris.

—Entonces no me extraña que, haga lo que haga, apenas tenga suficiente dinero para comida y un techo pobre sobre mi cabeza —reflexionó Jaromír, que ahora lo entendía todo. Mientras tanto, en su mente empezaba a gestarse un plan para librarse de la miseria. Definitivamente no tenía intención de llevársela consigo.

Entonces dijo en voz alta: «Bueno, querida mía, pero no puedo llevarte a cuestas.» Ven, intenta meterte en esta botella y así podré guardarte, junto con ella, en mi mochila de viaje.»

La vieja canosa croó victoriosa y se metió en la botella como si nada. Cuando ya estaba dentro, Jaromír cerró bien la botella. Después, de camino hacia su felicidad, la enterró en el bosque, para que no pudiera salir nunca más y para que ningún desafortunado la encontrara por casualidad. No quería provocar la desgracia a nadie más.

Y así siguió su camino hacia el este, en busca de su felicidad.

Con el tiempo, llegó a una ciudad y decidió intentar encontrar algún trabajo para ganar algo de dinero antes de encontrar la felicidad. Por el momento, la suerte le sonrió, pues encontró trabajo. Uno de los señores ricos de la ciudad le encargó excavar un sótano. Aunque no iba a recibir ningún salario, podía quedarse con todo lo que encontrara al excavar. Jaromír excavaba y se le daba bien, porque estaba acostumbrado al trabajo duro. Tras unas horas, se topó con algo duro. Le quitó el polvo y la dura masa relució. Era un lingote de oro. Según el acuerdo, el lingote de oro debía ser enteramente suyo, pero aun así compartió el dinero con el señor en cuyo terreno lo había encontrado. Le pareció lo más justo.

Al día siguiente, Jaromír continuó excavando para cumplir lo que había prometido. Ya había terminado la excavación de todo el sótano, pero al final se topó con una puerta de hierro. La abrió y vio oro y piedras preciosas, en pocas palabras, una gran riqueza. En la habitación había también un baúl, del que se oyó: «Ábreme, señor mío». Lo abrió y de él saltó una figura vestida de blanco. Parecía la hermana de aquella mujer vestida de blanco del campo de Venceslao.

«Mi señor, soy tu suerte», dijo la figura. «He estado esperando aquí por ti mucho tiempo. Ahora que me has encontrado, me quedaré contigo».

Jaromír volvió a compartir la riqueza encontrada con el señor que le había confiado el trabajo en su campo. Aun así, le quedó tanto que apenas podía imaginar cómo gastarlo todo. Y, además, ahora todo le salía bien. Pues había encontrado, al fin, su felicidad.

Poco después, el hermano de Jaromír, Václav, pasó por la ciudad por asuntos de negocios. Al encontrarse con Jaromír, no podía creer lo que veían sus ojos. ¡Su hermano pobre estaba vestido como un señor! Jaromír se alegró mucho de ver a Václav y lo invitó a cenar a su nueva y lujosa casa. Le contó cómo su vida había cambiado para bien al encontrar su felicidad y librarse de la miseria.

Václav aceptó la hospitalidad, pero al poco tiempo se apresuró a regresar a casa. Se excusó diciendo que tenía obligaciones inaplazables. Sin embargo, se marchó porque la envidia le consumía y sentía una necesidad apremiante de arruinar la felicidad de Jaromír. El anhelo de perjudicar a su hermano lo condujo al bosque, al lugar que Jaromír le había señalado como el escondite del frasco con la miseria encerrada.

Y ya estaba Václav allí. Cavó deprisa hasta que encontró la botella. La abrió de inmediato y dejó que la miseria saltara afuera. Quiso enviarla enseguida a Jaromír, pero ahí se equivocó. La miseria, ya liberada, le dio las gracias y le prometió: «Gracias por haberme sacado de esa botella, ya tenía la espalda quebrada». Como recompensa, jamás abandonaré ni a ti ni a tu familia. ¡Nunca! En vano trató Václav de librarse de ello; la miseria ya nunca se alejó de él ni un solo paso. Ningún negocio logró llevarlo a buen término; al contrario, por el camino fue asaltado y robado. Su casa se quemó y la miseria le seguía los pasos allá donde fuera. Al final, acabó convertido en un auténtico mendigo.

En los cuentos y en la vida, a menudo se habla de ricos malvados y pobres virtuosos. Sin embargo, Václav se consumía de envidia, fuera rico o pobre. En cambio, Jaromír era una persona trabajadora y bondadosa, tanto con dinero como sin él. Uno puede hacerse rico tanto por esfuerzo como por suerte, pero esa suerte hay que saber valorarla y no volverse arrogante. Justo como hizo una vez el pobre Jaromír, cuando la suerte le llevó a la riqueza. Pues la suerte es caprichosa y el dinero se esfuma con facilidad.

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