
Cuentos para dormir
Lisa, la gata adoptada
En las afueras de la ciudad había un bloque de pisos, y en ese bloque vivía Miguel. Miguel iba a primero de la ESO, pero como vivía lejos, no tenía muchos amigos. En su edificio solo vivían abuelitas, abuelitos y mamás con niños pequeños. ¡Con esos no iba a ponerse a jugar! Así que por las tardes se sentaba delante del portal y se aburría.
Un día se le acercó la abuelita del tercero. Le preguntó por qué estaba triste, y Miguel se lo contó. —Vaya, lo tienes difícil —asintió la abuelita—. Pero yo también. Miguel se extrañó: —¿Por qué? La abuelita le contó que dentro de unos días su hija iba a venir a buscarla para llevarla a una residencia de mayores.
—Tengo bastantes ganas, allí no estaré sola. Lo que no sé es qué hacer con Lisa. Lisa era la gata de la señora. Bonita, blanca, con los ojos rojos. —¿No la querrías tú? —le preguntó la abuelita a Miguel, esperanzada. Miguel abrió los ojos como platos. —¿Yo? ¿Yo con una gata? ¡Qué risa, un chico jugando con una gata! La abuelita le llevó la contraria: —Pues así por lo menos no te aburrirías ni estarías aquí solo. ¡Lisa es muy buena compañía!
Pero Miguel dijo que no, y la abuelita se ofendió. —Muy bien. Como quieras. ¡Pobrecita Lisa, qué voy a hacer con ella! —se lamentaba. Miguel se fue a casa y se metió en la cama. Pensaba y pensaba. No había manera de dormirse. De repente se levantó, se puso las zapatillas y, zas, salió del piso sin hacer ruido. Llamó a la puerta de la abuelita y esperó. ¡Pobre abuelita! Le abrió despeinada y asustada. —Pues yo adopto a su gata —dijo Miguel, y la abuelita se puso muy contenta.
Al día siguiente Miguel recogió en casa de la abuelita a su nueva gata adoptada, Lisa, y empezó a cuidarla. Dicen que se quisieron mucho y que lo pasaron muy bien juntos durante muchísimo tiempo.
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