
Cuentos para dormir
Los animalitos del zoo y el nuevo vecino
Niños, seguro que os acordáis del cuento del tigrecito que llegó desde un país muy lejano, donde unas personas lo rescataron. El tigre Kyra era muy pequeñito y no tenía familia, y por eso lo llevaron a un zoo pequeñito que había a las afueras de un pueblecito.
Pero el tigrecito Kyra seguía teniendo miedo de todo. La gente del zoo era muy amable, y los animalitos del zoo lo querían y trataban de animarlo, pero él seguía escondido debajo del arbolito de su recinto. Todos intentaban explicarle que no tuviera tanto miedo y que dejara que los niños le tomaran cariño.
Y hoy vamos a saber si el nuevo miembro del zoo se atrevió por fin y cómo siguió su vida en su nuevo hogar.
Era un fin de semana precioso y soleado y, como todos los fines de semana bonitos, el zoo se llenó de niños curiosos que venían con sus papás a ver a los animales. Los pingüinitos se lucían en el agua: saltaban y nadaban muy contentos y salpicaban a los niños, que se lo pasaban en grande. El gran elefante Dumby comía feliz las manzanitas que le daban los niños, y los monitos saltaban de rama en rama. A los niños les encantaban los animales. Solo el pequeño recién llegado, el tigrecito Kyra, seguía teniendo miedo de todo. Los niños no lo veían, porque estaba escondido debajo del arbolito de su recinto. Bueno, todos menos una niña pequeñita.
—¡Mira, mamá, un tigrecito! —dijo una niña curiosa, que llegó corriendo al recinto del tigre para ver al nuevo miembro del zoo. Estaba hecho una bolita, sí, ¡pero por fin alguien se había fijado en él! El tigrecito miró a la niña con timidez, se levantó con cuidado sobre sus patitas y se acercó al cristal que los separaba. ¡Por primera vez se había atrevido!
—¡Qué bonito es! ¡Mira qué rayas tiene, y mira qué pequeñito es! —dijo la niña curiosa. El tigrecito la miró con timidez y se acercó un poquito más, muy despacito. La miró a través del cristal. Y ella seguía sonriéndole y saludándolo con la mano. El tigrecito no entendía qué era aquello, pero sentía algo muy especial. Sentía como un cosquilleo en la barriguita.
—Lo que sientes ahora es el cariño que nos dan los niños cada día cuando vienen a vernos —le dijo su vecino, el león Melenas. El tigrecito le sonrió tímidamente a la niña. ¡Quería enseñarle algo! Se puso panza arriba, soltó un gruñidito tímido y empezó a rodar de un lado a otro. A la niña le encantó. Luego llegaron más y más niños, y el tigrecito seguía teniendo aquel calorcito de cariño en la barriguita. ¡Les gustaba a los niños! ¡Lo querían! ¡Por fin alguien lo quería! Y se puso a hacerles gracias muy contento. El león Melenas estaba orgulloso del tigrecito porque por fin se había atrevido.
Al día siguiente, el tigrecito estaba muy ilusionado. Tenía muchas ganas de ver a los niños nuevos que vendrían a visitarlo. Por fin había perdido el miedo y se había hecho amigo de los animalitos del zoo. Por fin sentía que pertenecía a algún sitio.
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