
Cuentos para dormir
Una visita al zoo
Era un sábado precioso y calentito, y Jaimito llevaba muchos días esperando que llegara. Porque ese día, después del largo invierno, el zoo volvía por fin a abrir sus puertas. Durante todo el viaje en coche hasta el zoo, que estaba muy cerca, el niño no paró de hablar de los animales que iba a ver. De lo que más ganas tenía era de ver a los temibles tigres, pero también los loros de colores y los osos grandotes.
Cuando llegaron, a Jaimito le brillaban los ojos de alegría, y tiraba de la mano de su papá para que les diera tiempo a ver todos, todos los animales del zoo. Vio unos elefantes grises enormes, loros de muchos tipos y flamencos, y también unos monos muy graciosos que se columpiaban en los árboles y les sacaban la lengua. Se hizo una foto al lado de una jirafa altísima, y con su papá le dio una hoja grande. ¡La jirafa se la zampó enseguida!
Y, después de las jirafas, por fin llegaron a los animales que Jaimito más ganas tenía de ver: ¡los tigres! Delante de ellos había un recinto grande con árboles altos y rocas, y sobre las rocas estaban tomando el sol dos tigres enormes.
—¡Halaaa, qué grandes son! —gritó Jaimito con la boca abierta. Los tigres tenían un pelaje naranja precioso con rayas negras muy marcadas—. ¡Parecen de cuento! —exclamó el niño, maravillado.
—Ojalá se acercaran para saludarme —le dijo Jaimito a su mamá con pena, apoyando las manos en el cristal mientras los miraba. Y justo entonces uno de los tigres se levantó y, pasito a pasito, vino derecho hacia ellos. Sus ojos dorados y brillantes miraban fijamente al niño.
—¡Ha venido a saludarme, mirad! —gritó Jaimito, entusiasmado. El tigre paseaba delante de él de un lado a otro sin quitarle los ojos de encima. Luego se puso a revolcarse panza arriba y a frotarse en la hierba de una forma muy graciosa, como si fuera un gato muy grande.
—¡Creo que se está luciendo para nosotros! —se rio Jaimito, feliz. Sus papás miraban sonrientes cómo su hijo casi ni respiraba mientras observaba al tigre que, de verdad, había venido a lucirse delante de él.
Después de mirar a los tigres un buen rato, el zoo empezó a cerrar, y Jaimito les dijo adiós con la mano.
—¡Hasta la próxima, amigos! —gritó al marcharse.
De camino a casa, apretaba en la mano el recuerdo que le habían comprado sus papás: un tigrecito de peluche. Le recordaba a su amigo del zoo, que no solo había venido a saludarlo, sino que además se había puesto a jugar y a lucirse detrás del cristal.
Jaimito no paraba de contar cosas de los animales tan increíbles que había visto, pero en el fondo de su corazón sabía que los tigres eran sus favoritos y que ya estaba deseando volver al zoo.
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