
Cuentos en audio
Cómo el oso Gruñín consiguió su miel
Cuando llegó la primavera, los animalitos empezaron a despertarse de su sueño de invierno. Uno de ellos era el gran oso Gruñín. Había pasado todo el invierno bien a gusto en su guarida escondida. Pero al terminar el invierno salió, se estiró y enseguida se puso a buscar algo que llevarse a la boca. Le entraron unas ganas tremendas de comer miel. Lo que aún no sabía era lo que tendría que hacer para poder saborearla.
Iba por el bosque buscando dónde encontrar miel. Al rato llegó a un árbol enorme. Era tan grande que ni siquiera veía bien dónde terminaba su copa. Mientras estaba allí debajo, de vez en cuando pasaba volando una abejita. Gruñín le soltó un manotazo con su gran zarpa, pero luego cayó en la cuenta: donde hay abejas, tiene que haber miel. Dio la vuelta al árbol mirando con atención la copa. Y entonces la vio. En una de las ramas colgaba de verdad una colmena. «Ahí dentro tiene que haber miel», pensó.
Intentó sacudir el árbol, pero era demasiado grande. No sirvió de nada. De pronto llegaron volando unas cuantas abejitas y se pusieron a regañarle: —¿Pero qué haces, oso grandullón? ¿Qué te has creído? ¿Que porque te apetece miel puedes venir y tirarnos toda la colmena al suelo? ¡Para ahora mismo!
El oso quiso decir algo. Pero justo cuando tomó aire para contestar, las abejas empezaron a zumbar y a volar alborotadas a su alrededor: —¡Ya vienen, ya están aquí otra vez y ahora sí que lo van a talar! ¡Socorro! ¡Socorro! Al principio Gruñín no entendía qué mosca les había picado. Pero luego vio que unas personas grandes y fuertes se acercaban al árbol desde lejos. Llevaban motosierras en las manos. Cuando se acercaron más, lo comprendió todo. ¡Querían talar aquel árbol tan grande y tan bonito! Y encima destrozarían la colmena de las abejitas. —¡Eso sí que no lo voy a permitir! —dijo Gruñín en voz alta.
Se escondió detrás del tronco. En cuanto las personas se colocaron debajo del árbol, salió de un salto y se puso a rugir con todas sus fuerzas. Se levantó sobre las patas de atrás y agitó las de delante. Se fue acercando poco a poco a aquellas personas tan sorprendidas, sin dejar de asustarlas. Se quedaron blancas como la leche. Tiraron allí mismo las sierras y las hachas y salieron corriendo. Desde entonces nadie volvió a verlas por allí.
Después, Gruñín, agotado tras semejante hazaña, se tumbó debajo del árbol y se dio cuenta de que la tripa le seguía rugiendo. Las abejitas lo habían visto todo desde el árbol, y como estaban muy agradecidas porque Gruñín les había salvado el árbol y su casa, le trajeron de su colmena un buen montón de miel. Desde entonces, Gruñín va a menudo a ver a las abejas para pedirles miel. Ya no sacude todo el árbol, sino que se la pide con educación. Y de paso vigila que nadie vuelva a intentar destrozar el árbol ni la colmena de sus amigas las abejitas.
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