
Cuentos en audio
La cala de los tiburones
En un país lejano había una isla. A su alrededor, hasta donde alcanzaba la vista, solo había mar. Sus olas rompían contra las rocas que se alzaban en un lado de la isla. En el otro lado se extendía una playa. Bajo las rocas, el agua era muy profunda, y en esas profundidades había mucha vida. Allí tenían su hogar los tiburones.
Les encantaba perseguirse a toda velocidad por las profundidades del mar y entre las olas. Se escondían entre las rocas y pasaban nadando entre las olas. En la isla también vivían unas cuantas personas. Iban a bañarse a la playa, pero nadie se acercaba nunca al otro lado de la isla. Todos sus habitantes les tenían miedo a los tiburones. Pero un día pasó algo que les hizo cambiar de opinión.
En la isla vivía también un niño. Se llamaba Lucas. Le encantaba nadar y se pasaba días enteros en la playa. Tenía el pelo algo largo, que le caía sobre los ojos, y, como vivía en la isla, estaba muy moreno. Vivía allí desde pequeñito, así que sabía muy bien dónde podía jugar y que a la cala de los tiburones no podía ir. Sus papás siempre le decían que los tiburones eran peligrosos.
Un día soplaba mucho viento, así que Lucas decidió que, en vez de nadar, volaría su cometa de papel. La había hecho él mismo, y su papá le había ayudado a pegarla. Lucas corría por la playa y disfrutaba del viento, que empujaba bien la cometa. De pronto el viento arreció y la cometa empezó a volar altísimo. El cordel al que estaba atada se tensaba cada vez más. Lucas intentaba sujetarla, pero el viento era más fuerte: el cordel se le escapó de la mano y el viento se llevó la cometa lejos.
Lucas echó a correr detrás de ella. No miraba por dónde iba, solo seguía a su cometa. Corrió y corrió, cada vez más lejos, hasta que se paró al borde de un acantilado. Estaba de pie sobre la roca, mirando hacia abajo. En el agua solo se veían las aletas de los tiburones. Intentaba no perder el equilibrio, pero le costaba mucho. Se tambaleaba sin parar y el viento no le ayudaba nada. Se volvió hacia su cometa, una ráfaga sopló con fuerza y Lucas se inclinó demasiado. Cayó al agua profunda, entre los tiburones.
Lucas nadaba bien, pero al ver a su alrededor aquellos peces tan grandes con sus aletas enormes, le entró miedo. Empezó a patalear y a mover los brazos todo lo que podía, pero las olas eran fuertes y la corriente de la cala también. Más de una vez el agua lo arrastró lejos de la orilla.
De repente notó que algo le empujaba la pierna. Alguien le había rozado. Al poco rato sintió lo mismo en la cintura. Alguien pasó nadando pegado a su costado. Eran los tiburones. Estaban tan cerca que lo tocaban. Lucas empezó a gritar: —¡Por favor, no! ¡No me hagáis daño! —Y mientras tanto intentaba nadar con todas sus fuerzas. Pero entonces pasó algo increíble.
Uno de los tiburones se colocó debajo de él y, despacio, empezó a llevarlo hacia la roca. Otro tiburón vino a ayudar. Lucas notaba cómo lo llevaban con cuidado por la superficie del agua, poco a poco, hacia la orilla. Con suavidad, los tiburones lo empujaron fuera del agua, a tierra firme. Lucas se secó el agua de los ojos y solo entonces se dio cuenta de que los tiburones lo habían salvado. Ya no les tenía miedo. Podrían haberle hecho daño, pero no lo hicieron.
Metió despacio la mano en el agua y esperó a ver si venían a despedirse. Y vinieron. Llegaron los mismos dos que lo habían ayudado. Se acercaron con cuidado y dejaron que Lucas los acariciara. —No sois malos, ¿verdad? —preguntó Lucas. Los tiburones se movieron de un lado a otro, como si le contestaran. Se le ponían todo el rato de costado. Le enseñaban una aleta que tenían curvada de una forma muy especial.
En cuanto llegó a casa, Lucas buscó en todos sus libros qué querían enseñarle los tiburones. ¿Por qué querían que viera aquella aleta? Por fin, en un libro, encontró que los tiburones con esa aleta no son peligrosos. Es más, son pacíficos y, sobre todo, muy listos. Nunca le harían daño a una persona.
Lucas se lo contó todo a sus papás. Al principio se asustaron. Pero luego Lucas les enseñó lo que había aprendido en el libro sobre los tiburones que vivían en su cala. Entonces sus papás dejaron de tener miedo. Incluso iban con Lucas a los acantilados para nadar con los tiburones.
Lucas y sus papás comprendieron que, antes de decir que alguien es malo, primero hay que averiguar la verdad. Al principio nadie quería a los tiburones. La gente les tenía miedo solo porque eran tiburones. Hasta que Lucas descubrió que también entre los tiburones los hay pacíficos. Y se alegró muchísimo.
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