
Cuentos para dormir
La hilandera de oro
Muy lejos, allá más allá del mar Rojo, vivía hace tiempo un joven señor. Cuando ya fue mayor y tuvo juicio, pensó que no estaría mal ver un poco de mundo y encontrar una buena ama de casa y una esposa como Dios manda. Y dicho y hecho. Se fue a recorrer el mundo, pero no le fue muy bien. No encontraba a ninguna como la que él quería.
Al final llegó a casa de una viuda que tenía tres hijas en edad de casarse. Las dos mayores, cuyos nombres se le olvidaron, eran trabajadoras como hormiguitas. Pero la pequeña, Ana, para el trabajo era más lenta que una tortuga. Cuando el señor llegó a una de esas veladas en que las muchachas se juntaban a hilar, se extrañó: Ana dormitaba junto al fuego y las demás hilaban a cuál más deprisa. Así que le dijo a la madre: —Pero, madre, dígame, ¿por qué no pone también a esa a trabajar? Ya es una muchacha casadera, y trabajando se le pasaría el tiempo más deprisa.
—Ay, joven señor, yo con todo mi corazón la dejaría hilar, pero es tan buena hilandera que antes del amanecer hilaría no solo todo el lino, sino también toda la paja del tejado, y además en hilos de oro. Así que tengo que dejarla tranquila —respondió la madre.
—Si es así, podría dármela por esposa. Mi hacienda no es mala. Tengo lino, cáñamo y estopa a montones. Podría hilar hasta hartarse —dijo el señor, y la viejecita, al oír esas palabras, no se lo pensó mucho. Esa misma noche se prometieron, y las muchachas de la velada le tuvieron a Ana un poquito de envidia.
Al día siguiente, nuestro joven novio mandó preparar los caballos y, cuando estuvieron enganchados, sentó en el carruaje a la novia, que no paraba de llorar. Le dio la mano a la madre, les gritó a las hermanas de la novia: —¡Que os vaya bien! —y salió del pueblo a galope tendido.
Ahí va nuestra Ana sentada junto al joven novio, llorosa y triste. Él le insistía mucho para que hablara, pero Ana no decía ni pío. Al atardecer llegaron al palacete del señor. Después de cenar, llevaron a la futura señora a una sala grande donde había lino amontonado desde el suelo hasta el techo.
—Bien —dijo el señor—, aquí tienes la rueca, el huso y unas manzanitas rojas, ¡y a hilar! Si antes del amanecer hilas todo esto en hilos de oro, nos casaremos enseguida. Pero si no, mañana por la mañana te mando de vuelta y no te quiero volver a ver. —Y dicho esto, nuestro señor se fue y dejó a nuestra hilandera hilando.
Cuando Ana se quedó sola, ni se sentó a la rueca, porque no sabía hilar ni una hebra. Empezó a lamentarse con tristeza: —¡Ay, pobre de mí! ¡Qué vergüenza voy a pasar! ¿Por qué no me enseñaría mi madre a trabajar y a hilar como a mis hermanas? —De repente se abrió la pared y delante de Ana, muerta de miedo, apareció un hombrecillo chiquitito: en la cabeza un gorrito rojo, en la cintura un delantal y delante una ruedecita de oro.
—¿Por qué tienes los ojos tan llorosos, Ana? —le preguntó, y ella le contó que, si no hilaba el lino antes del amanecer, la mandarían de vuelta avergonzada. —Si no es más que eso —dijo el hombrecillo—, ¡no tengas miedo! Yo te enseñaré a hilar hilos de oro. Pero solo si me prometes que dentro de un año justo te encontraré en este mismo sitio. Si no adivinas mi verdadero nombre, serás mi esposa y te llevaré conmigo. Pero si lo adivinas, te dejaré en paz. Y te advierto: si dentro de un año quisieras esconderte de mí, te encontraré igualmente. ¿Qué, trato hecho?
—¡Total, no tengo otra salida! ¡Pase lo que pase, trato hecho! —dijo Ana. En cuanto el hombrecillo lo oyó, se sentó a la rueca y dijo: —¡Así, Ana, así, así!
Le fue enseñando hasta que aprendió a hilar hilos de oro. Y luego se fue por donde había venido, y la pared se cerró sola. Nuestra hilandera, desde ese momento ya hilandera de oro, se sentó a la rueca e hiló. Antes del amanecer no solo lo había hilado todo, sino que hasta le dio tiempo a dormir.
Nada más despertarse por la mañana, el señor se vistió y fue a ver a la hilandera de oro. Entró en la sala y por poco se queda ciego de tanto brillo. Abrazó a la hilandera de oro y enseguida se casaron. Y así vivieron juntos en paz. Si antes nuestro señor quería a su Ana por el hilo de oro, ahora la quería mil veces más por el niño precioso que les había nacido. Pero no hay canción que no tenga final. Tampoco la alegría de nuestros esposos podía durar para siempre. Los días iban pasando y poco a poco se acercaba el final del año.
Y entonces nuestra Ana se fue poniendo cada vez más triste. ¡Que no es poca cosa perder de golpe a un marido tan bueno y a un hijito tan salado! El pobre marido todavía no sabía nada y consolaba a su esposa como podía. Al final, ella se armó de valor y le contó todo lo que le había pasado aquella primera noche. Él se quedó blanco como la pared del susto. Y enseguida mandó pregonar por toda la comarca que quien conociera a un hombrecillo así y así y revelara su verdadero nombre, recibiría un pedazo de oro tan grande como una cabeza.
Todos salieron corriendo en todas direcciones y buscaron en todos los rincones; poco faltó para que buscaran también en las madrigueras de los ratones. Pero nadie conocía a aquel hombrecillo y no había alma viviente que adivinara su nombre. El pobre marido, para no tener que ver sufrir a su esposa, se fue de caza.
Durante aquella cacería, ya al atardecer, empezaron a caer rayos por todas partes. Se puso a diluviar y todos los criados se escondieron donde pudieron. Nuestro señor se quedó solo con un criado, calado hasta los huesos. Estaban buscando dónde refugiarse de la tormenta cuando de pronto vieron que de un agujero bajo unas piedras salía humo. —Ve a ver de dónde sale ese humo. Tiene que haber gente. Pregúntales si nos dejarían pasar la noche bajo techo —le dijo el señor al criado. Pero el criado volvió enseguida y dijo que allí no había ni puerta ni gente.
Al final, el señor fue a mirar él mismo, pero tampoco encontró nada. Hasta que dio con un agujerito por donde salía el humo y se asomó. Vio una cocina donde se estaba preparando la comida y, sobre una mesita de piedra, la mesa puesta para dos. Y alrededor de la mesita correteaba un hombrecillo con gorrito rojo y ruedecita de oro, cantando:
A la hilandera de oro le enseñé a hilar,
esta noche mi nombre tendrá que adivinar.
Si mi nombre adivina, no la quiero ya;
si no lo adivina, conmigo se vendrá.
¡Mi nombre es Martinillo Cascabel!
El señor no necesitó más. Corrió a buscar al criado todo lo que le daban las piernas. Y en cuanto escampó, se pusieron en camino a casa. Encontró a su esposa en casa, angustiada y llorosa. —¡No sufras más, esposa mía! —fueron sus primeras palabras al entrar en la sala—, su nombre es Martinillo Cascabel. —Ana abrazó a su marido loca de alegría, lo llenó de besos y luego se fue a la sala donde había hilado la primera noche. A medianoche se abrió la pared y llegó el hombrecillo del gorrito rojo, igual que hacía un año, y se puso a corretear a su alrededor gritando a pleno pulmón:
Si adivinas mi nombre, no te quiero ya;
si no lo adivinas, conmigo vendrás.
¡Adivina, adivina ya!
—Tu nombre es Martinillo Cascabel —dijo Ana. En cuanto lo dijo, el hombrecillo tiró el gorro al suelo, agarró su ruedecita y se fue por donde había venido.
Desde entonces, ella ya no hiló más oro. Eran bastante ricos, y a ella y a su marido les encantaba ver cómo el niño crecía a toda prisa. Se compraron una vaquita y, para la vaquita, un cencerro… y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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