
Cuentos para dormir
Moly, la perezosa
En un valle verde había una casita pequeña. Tenía las ventanas blancas y un balcón lleno de flores. Allí vivía Moly. Era una niña buena, pero muy perezosa. Siempre llevaba el pelo rizado enredado, porque le daba pereza peinarse.
Tenía las mejillas manchadas, porque no le apetecía lavarse. Nunca ordenaba su cuartito. Nunca ayudaba a mamá en nada. Simplemente, no le apetecía. Era perezosísima.
Su mamá estaba muy disgustada. No sabía cómo conseguir que empezara a hacer algo. Cuando llegó el invierno, mamá tuvo que ir al bosque a recoger leña para poder encender la chimenea de la casita. Fuera ya hacía frío, así que se abrigó bien, preparó el cesto grande que se carga a la espalda para llevar la leña y se despidió de su hija. —Tengo que ir a recoger leña. Dentro de nada llegarán las heladas y necesitamos tener leña guardada para calentarnos. —Moly solo se dio la vuelta en la cama y le dijo adiós con la mano. Ni se le pasó por la cabeza ir con ella, ni siquiera preguntarle si podía ayudarla.
Mamá se fue al bosque y Moly se quedó tan a gusto en su cama. Los animalitos del bosque vieron que mamá cargaba ella sola con la leña. Decidieron ayudarla, para que terminara antes de que se hiciera de noche. Mamá estaba contentísima de tener unos ayudantes así. Las ardillas empezaron a recoger palitos pequeños, los castores palos más grandes, y los tejones lo partían todo y lo iban metiendo en el cesto. Todo iba sobre ruedas.
Pero de repente mamá resbaló y se hizo daño en una pierna. No podía apoyarla. Los animalitos sabían que tenían que hacer algo. No podían dejar a mamá allí sentada pasando frío. Tenían que ir corriendo a buscar a Moly para que ayudara a su mamá. Los tejones y los castores se quedaron con mamá, y las ardillas corrieron todo lo deprisa que pudieron hasta la casita. En cuanto llegaron a la puerta, empezaron a aporrearla. Pero no venía nadie. Así que treparon al balcón y dieron golpecitos en las ventanas. Moly, medio dormida y cansada, abrió la ventana muy despacio. Se frotó los ojos y se quedó mirando a las ardillas, que saltaban y chillaban. Las ardillas empezaron a tirar de ella hacia fuera y a indicarle adónde tenía que ir. Pero Moly no tenía ganas de ir a ninguna parte. Era una perezosa. Las ardillas, sin embargo, no se rendían.
Al final consiguieron que Moly las siguiera. No paraban de empujarla para que fuera más deprisa. Cuando ya se acercaban al bosque, Moly vio a lo lejos el cesto de mamá. En ese momento comprendió por qué las ardillas le metían tanta prisa. Seguro que a su mamá le había pasado algo. Moly se olvidó de su pereza y echó a correr tan rápido que ni las ardillas podían seguirla. Llegó corriendo junto a mamá y la abrazó con todas sus fuerzas. Había pasado muchísimo miedo por ella. La ayudó a levantarse lo más rápido que pudo. Sujetó a mamá durante todo el camino de vuelta a casa. Todos los animalitos fueron con ellas y llevaron el cesto lleno de leña.
Cuando llegaron a casa, Moly dio las gracias a los animalitos y les dio algo rico, para que supieran lo agradecida que estaba. Durante mucho tiempo, Moly tuvo que cuidar de mamá y ocuparse de la casita ella sola. Pero estaba feliz de tener a su mamá en casa, sana y salva. Se olvidó por completo de lo que era ser perezosa. Se dio cuenta de que, si hubiera ayudado antes a mamá, a lo mejor no habría pasado nada. Así que decidió cambiar. E hizo muy bien.
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