
Cuentos en audio
La gatita Michi
Detrás del valle de las flores, en un rancho verde, vivía la gata Michi. Era peluda, de color chocolate y siempre iba manchada de barro y de tierra. Normalmente las gatitas van siempre limpias y aseadas. Pero Michi era distinta. Quería ser un perro. Intentaba ladrar, llevar las ovejas a pastar y vigilar el rancho por las noches, y por eso siempre estaba sucia. Los demás animales intentaban convencerla de que era una gatita preciosa y de que no hacía falta que intentara ser un perrito. Pero nada. La gata Michi era muy cabezota. Quería ser un perro y punto.
Una noche, cuando todos los animalitos ya dormían, la gata Michi salió a dar una vuelta por el rancho. Pasó junto al granero, siguió la valla y fue a la derecha de las cuadras. Luego subió de un salto al tejadito de la pocilga. —Desde aquí se ve todo precioso. Desde aquí lo veo todo por todos lados. Desde aquí vigilaré todo el rancho —se dijo a sí misma. Y así fue pasando la noche, y la gata Michi vigilaba como si de verdad fuera un perro.
De repente se oyó un crujido y un susurro en la hierba. Michi aguzó la vista y se puso alerta. No muy lejos de ella apareció un desconocido sospechoso que intentaba por todos los medios entrar en el rancho. —¡Ay, no! Tengo que hacer algo —soltó la gatita, y miró a ver qué animal seguía despierto. Todos dormían. Así que intentó ladrar: —¡Guaumiau, guaumiau! Sonaba más gracioso que amenazador. Algo entre un ladrido y un maullido. Con eso no asustaría al ladrón. Por eso bajó del tejado de un salto y corrió sin que la vieran hasta la caseta del perro.
—¡Perrito, despierta, hay un ladrón en el rancho! Deprisa, tenemos que echarlo o atraparlo —le decía la gatita Michi al perro, intentando despertarlo. En cuanto oyó la palabra ladrón, el perro se levantó sobre sus cuatro patas. —¡Menos mal que me has despertado, Michi! Llamaremos a los demás antes de que el ladrón llegue hasta nosotros. ¡Ya le vamos a enseñar nosotros! —dijo el perro, y se fue sin hacer ruido a las cuadras. Allí despertó a los caballos, en la pocilga a los cerditos y junto al estanque a las patitas.
Todos sabían muy bien lo que tenían que hacer. Conocían el plan para defender el rancho. Cada uno se puso en su sitio, como debía, y esperó. En cuanto el ladrón saltó la valla y se acercó a hurtadillas por el jardín, el perro le salió al paso. Ladró tan fuerte que el ladrón, del susto, saltó hasta las cuadras. Allí lo esperaban los caballos. Le dieron una coz que lo mandó volando directo a la pocilga de los cerditos. ¡Al baño de barro! Y de ahí es muy difícil salir. Al final, cuando el ladrón estaba empapado de barro y dolorido después de un golpe tan fuerte, las patitas del estanque le echaron encima una red de pescar. Y quedó atrapado.
Luego el perro despertó al granjero para que viniera a por el ladrón. El granjero saltó de la cama sorprendido y se quedó mirando al hombre magullado en el barro, debajo de la red. Los animalitos estaban contentos. Habían salvado el rancho. Su rancho. Su hogar. Al día siguiente, cuando los animalitos recordaban lo listos y valientes que habían sido atrapando juntos al ladrón, todos estuvieron de acuerdo en una cosa: había que felicitar a la gatita Michi. —Mira, Michi, no sabes ladrar ni llevar ovejas, pero eres la mejor vigilante nocturna que hemos tenido nunca. Nos alegra mucho tenerte aquí. Solo gracias a ti pudimos prepararnos para el ladrón. No tienes que ser un perro. Y tampoco lo eres. Pero eres la mejor gata vigilante de la noche de toda la comarca —la felicitaba el perro. Michi estaba contentísima. Se dio cuenta de que de verdad no tenía que ser un perro, ni estar triste por no serlo. También siendo gata podía ser la mejor en algo.
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