
Cuentos para dormir
Cómo la osa Lisa dejó de tener miedo a los fantasmas
La osa Lisa vivía solita en su cueva del bosque. Llevaba poco tiempo allí, porque hasta hacía nada había vivido en la cueva de sus padres. Por eso todavía se estaba acostumbrando a vivir sola. Lo que peor llevaba eran las noches.
Y es que, no muy lejos de la cueva, había una cabañita de madera, y Lisa veía allí muchas noches luces y sombras extrañas, y a veces hasta oía ruidos de miedo. Creía que en la cabaña había fantasmas, y por eso, cuando se hacía de noche, a menudo tenía miedo.
De vez en cuando venía a visitarla su amigo Bob, que siempre le aseguraba que los fantasmas no existen y que en la cabaña, desde luego, no había ninguno. «Seguramente ahí vive una persona, y ya está», solía decirle. Cuando Bob estaba con ella, Lisa se sentía más tranquila, pero en cuanto se iba, ni siquiera sus sabias palabras conseguían calmarla. Por eso un día le pidió que fuera con ella a echar un vistazo a la cabaña. Si veía con sus propios ojos que allí no había ningún fantasma, por fin se lo creería. Bob dijo que sí, y allá que se fueron los dos a la cabaña.
Cuando llegaron, Lisa empezó a dar vueltas alrededor de la cabaña, mirándola con desconfianza, mientras Bob no se separaba de ella para que no tuviera miedo. —Bueno, vale, no veo ningún fantasma, pero a ninguna persona tamp… ¡AY! —empezó a decir Lisa, cuando de pronto la pata se le quedó atrapada en una trampa. Gemía de dolor e intentaba soltarse. Bob se quedó un momento quieto, sin poder creérselo, pero luego reaccionó, agarró una rama que había cerca y, haciendo palanca con ella, abrió la trampa. Lisa quedó libre y le dio las gracias a su amigo, muy agradecida.
Pero sus quejidos de dolor llamaron la atención de la persona que había en la cabaña. Salió corriendo por la puerta con un arma en la mano y miró a su alrededor. Bob lo vio y dijo en voz bajita: —¿Ves? Solo es una persona normal y corriente. Ningún fantasma. Pero deberíamos irnos. Eso que lleva en la mano es bastante peligroso. Con cuidado, sujetó a Lisa y su pata herida, y juntos se alejaron de la cabaña tan rápido como pudieron.
Cuando llegaron a la cueva de Lisa, ella por fin reconoció que los fantasmas no existen y que había tenido miedo sin motivo. Mientras Bob le curaba la herida a su amiga, le dijo: —Sin ningún motivo, tampoco. Esa persona quizá sea todavía más peligrosa que un fantasma. Oye… yo también me acabo de mudar a mi propia cueva. ¿No te gustaría vivir allí conmigo? Alrededor no hay ninguna cabaña —añadió, un poco tímido. Lisa aceptó, feliz, y se fue con Bob a su nuevo hogar, donde nunca más volvió a tener miedo de los fantasmas.
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